viernes, 8 de febrero de 2013

En Reunión con José Mateos


Querido Lucilio:

El libro Reunión es fruto de una exigente labor de lima. El autor ha revisado toda su poesía publicada hasta ese momento: Una extraña ciudad (1990), Días en claro (1995), Canciones (2000), La niebla (2003) y Haikus y otras pinceladas (2003), y nos da aquí la versión que considera definitiva de ese recorrido.

La recopilación se remonta en realidad a 1983, porque de ese año es la aparición del poema más antiguo, y remata con cuatro poemas inéditos. En una Nota final el autor nos dice: “los poemas míos que no están entre estas páginas considero que forman ya parte de ese reguero de borradores y tentativas que uno va dejando en el camino. Son, por tanto, las versiones de mis libros reproducidas ahora las únicas que valoro como definitivas y las únicas que en adelante me gustaría que se tuvieran en cuenta”. Estamos, en consecuencia, ante la edición más autorizada hasta este momento de ese corpus poético.

Si la poesía es un don, a pocos ha sido concedida como al escritor José Mateos. En las dedicatorias del libro Canciones (que se incluyen también en Reunión), reflexiona sobre la uniformidad de ese poemario: “la obstinación en el verso menor y en la rima me hacen pensar que el conjunto quizás les resulte un tanto monótono”.  Al poco se corrige: “la insistencia en unos mismos metros, en unas mismas estrofas, puede ser una invitación para que el lector se olvide de rimas, metros y estrofas y se quede con lo que a mí, al menos, más me importa”. Y es cierto que en este camino recorrido (el de todo el libro Reunión) el poeta insiste en unos mismos metros: el octosílabo en las Canciones, más los endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos en el resto (y los haikus finales), acompañados por unas rimas asonantes (en cuartetas, soleares, y libres) tan discretas como efectivas. Los poemas de José Mateos son auténtica música. Y hasta tal punto lo son que el lector se va deleitando sin que repare en cómo, y entra en un ambiente en el que ya el entorno no se nota. Sólo se descubre  cuando se relee con intención de búsqueda. Es como el sonido del mar —así lo explica el propio Mateos— para quien vive cerca.

Una vez cautivados los sentidos —olvidados de metros, rimas y ritmos—, ¿a dónde nos lleva el poeta? ¿Qué es eso que a él más le importa? El poema “La palabra”, al comienzo de Una extraña ciudad, es programático: “¿Y ha de servirte a ti suplantar su hermosura?” La hermosura es una llamada, como lanzada desde otro mundo, y con la palabra, la palabra poética, intentamos alcanzarla… sin éxito pleno. Pero no puede el poeta dejar de intentarlo. El gran enemigo es el tiempo. Quizás tenga que ver con esto los pasajes en los que el verbo está ausente o se hace esperar tras varios versos. El caso es que el transcurrir es connatural al hombre e inevitable la decadencia de su mundo, y de ahí la nostalgia del paraíso perdido (Se ha borrado el camino que conduce, / entre mares inciertos, al hogar). El amor es un intento de salvación, el amor que del tiempo te protege (“Un mundo”). Y la poesía pretende también esa vía de regreso, aunque, al no conseguirlo del todo, deje siempre una insatisfacción. Del poema “Arquitectura imaginaria” (la arquitectura del compositor de versos), está tomado el título del primer libro: una extraña ciudad que no es la mía.

En el segundo libro, Días en claro, hay recuerdos de ese hogar perdido. Es significativa la cita del principio: “… porque sólo le queda en el oído / no el agua que pasó, sino el sonido” (Lope de Vega). Y ese sonido puede aparecer en el simple nombre de “María” o en unos “Días en Trafalgar”, dejando “—aunque escritas en la arena— unas breves / palabras, un latido, algo más que un recuerdo”.

Las Canciones están impregnadas del mismo buen licor y está anunciado (otra vez de forma programática) en el soberbio soneto inicial (“Preguntas a una sombra”): por qué existe el dolor y qué sentido / tiene esta lenta noche, lenta y rara. Desde el mundo de la ribera de acá, el autor intuye ese otro  mundo. Con su padre habla entre uno y otro (“Canción 5, Diálogo en la oscuridad”), y el padre acaba preguntándole: ¿A quién de los dos, entoneces, / está engañando la muerte? De la “Canción 11. El resucitado”, dedicada por cierto a José Julio Cabanillas (poeta de registros parecidos), es esta estrofa:

Si es la vida un espejismo
de la muerte o, al contrario,
la muerte el único nido
del que está sólo de paso

            No se trata, no obstante, de no vivir con intensidad lo que hay de verdad en esta vida. Una de las soleares de la “Canción 25” dedicada a Aquilino Duque dice así:

Todo lo roba la muerte
y, como apunta la copla,
lo que se guarda se pierde.

            Igual ocurre en el poemario cuarto, La niebla, que se compone de ocho largos poemas en endecasílabos, con movimientos internos separados por asterisco, de un tono marcadamente reflexivo sobre la misma temática. Dice el final del primer poema: ¿… es muerte u otra vida / distinta a esta de discordia y tiempo? En el sexto se pregunta: ¿Pero hubo alguna vez un paraíso (…) anterior a esta niebla? El séptimo habla de la sensación extraña de ser tiempo / y de querer salir fuera del tiempo; y nos da una definición de poesía:

Poesía es alumbrar con la luz tenue
de unas pocas palabras, con la antorcha
de un idioma, a pesar de sus palabras,
la hondura que nos deja sin palabras.
Poesía es ser el otro, el que nos huye (…)

            Finalmente el poema octavo acaba con resignación: Y tu casa está aquí: es esta niebla.

            Los haikus se mueven en temas parecidos, pretendiendo (como es propio de estas formas) más que reflexionar provocar una reflexión posterior. Véase “La música”:

Si oigo, recuerdo.
Un hombre es, sobre todo,
lo que le falta.

            Teniendo en cuenta lo leído hasta aquí, se comprende que haya en el conjunto de imágenes del libro Reunión muchas alusiones a realidades dobles: el reflejo de la luna en el Guadalquivir; toda voz se vuelve eco, dice la “Canción 4”; morir es empezar a volver, dice la“Canción 10”. El apartado III del segundo libro se titula precisamente “El otro en el espejo”, y tiene poemas como “El impostor” o “En una tarde gris” (delante / del espejo, no distingues / al hombre del personaje). Igual que el impostor, están presentes también otros personajes de cierta doble condición paradójica: el “Náufrago” o “El otro”.

            Las imágenes de Reunión se mantienen a lo largo del libro, dándole toda su consistencia a la noche, o a la niebla (título del penúltimo libro), frente a los claros días de sol; o a las sombras, al cuervo, etc. 
 
            Por otra parte, Mateos decía en las dedicatorias que hemos citado al principio, que las Canciones podrían parecer “descarnadas” al lector. Y ciertamente yo creo que todo el libro Reunión huye de adornos vacuos, de lo accidental que sobra. Lo mismo que su música es tenue (aunque embriagadora), su estilo es sencillo. Tras mucho moldearlo, sin duda, el decurso de su decir nos llega cotidiano y claro como una fuente serena.

Y, por otra parte, aunque estemos leyendo temas de siempre (el amor, el tiempo, la poesía, la muerte), estos toman nueva vida. Hay en el poeta una voluntad no sólo de decir sino de decirse. No necesariamente es autobiografía (el criterio de veracidad en poesía es peculiar). Pero el poemario está en buena parte situado en lugar y tiempo. No son escasas las referencias de este tipo: a Jerez (la calle Porvera), a Sevilla, a Trafalgar o Atlanterra; o las alusiones a circunstancias de carácter personal: a estudios de filosofía, por ejemplo, o al trabajo cotidiano. Piénsese en títulos como “Viaje a Italia” o “Fotografía de 1983”. En la “Carta a una amiga” el poeta aporta en su final, como gustaba a este género clásico, su nombre propio y la fecha. No nos cuenta, por tanto, una reflexión abstracta, sino una vida. Y eso contribuye a que los versos estén como recién temblando, y el lector los pueda sentir en su carne.

En definitiva, este poemario no puede pasar inadvertido al estudioso de la poesía española contemporánea, ni tampoco al lector, empeñado en saltar día a día esa incapacidad de ser felices.

1 comentario:

Inmaculada Moreno H. dijo...

Como corresponde, excelente reseña para un libro excelente.

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