sábado, 1 de junio de 2019

Un balcón lleno de sol




Querido Lucilio:

Respondo con esta a la tuya sobre el fallecimiento de tu madre. En muchos casos cualquier carta es un fracaso; ésta, por ejemplo: quisiera consolar tu dolor y acompañarte y, sin embargo, no puede nada ante la ausencia de tu madre. No te escribo tampoco para alabar sus virtudes, su generosidad o su alegría, o su manera de trabajar o de rezar. Créeme que en las familias hay virtudes que perviven en verdad de una generación a otra.

Yo de mi madre recuerdo sus sandalias de verano, andando sobre el suelo de terrazo cuando se agachaba y me cogía por los hombros hasta su regazo; recuerdo mantas en el suelo llenas de coches pequeñitos; un balcón lleno de sol y de juguetes; la fruta fresca y la sonrisa de su cara.

De los últimos días de tu madre me dices que le dolía marcharse por no poder seguir ayudándoos; que quería que la vida de todos siguiera sin tristeza; que incluso en su situación daba gracias por un sorbo de agua y estaba pendiente antes que nada de los que la rodeaban.

Desde luego esto me concuerda con lo que yo conocí de ella. No lo digo para tu consuelo, pero yo he conocido en mi vida pocas mujeres como tu madre. Es más, en mi vida hubo personas que yo nunca merecí, las que más me ayudaron. Y tu madre fue una de ellas.

domingo, 24 de febrero de 2019

De estaciones y viajes




Pensaba que las estaciones de transporte habían acompasado su vida, haciendo el papel de espacios bohemios entre sus desplazamientos de un deber a otro. Se trataba del atractivo de la ociosidad, de la foto improvisada.

En el tiempo que pasaba en la estación de San Bernardo solía comprar un periódico y leerlo por completo. Luego lo tiraba a la papelera, deshecho y arrugado, como era en general el entorno: las paredes descascarilladas por años de abandono, los pasos arrastrados del personal indolente y colas de personas hechas a la resignación.

Los descuideros, las mujeres, paseaban como si vivieran allí. Y ciertamente por las noches el lugar permanecía abierto e insomne hasta amanecer con un aspecto desaliñado, que se mantenía ya el resto del día, sin alcanzar nunca un minuto de esplendor. Cuando por fin subía en el autobús, un cierto olor a moqueta sucia, a cuerpos vivos, entraba en su mente y no lo abandonaba en todo el día.

Sin duda los trenes eran mejor. No había olor a gasolina. Los vagones eran más grandes y ventilados. Recordaba a aquel profesor de la infancia que les enseñaba qué eran las salinas:

-Cuando seáis mayores -les decía- si vais en tren a la costa podréis ver desde las ventanas los montones de sal.

En alguna parada subía un ventero. Con el mismo tono siempre, anunciaba a media voz: "mostachones". Un silencio de unos segundos permitía oír el crujido leve del campo seco. "De Utrera" -repetía con ese mismo tono.

También en las estaciones de tren leía mucho los periódicos. Otras veces en Atocha contemplaba a los viajeros desorientados, a los que arrastraban sus maletas de acá para allá, a los que dormían derrotados con las piernas sobre el equipaje. Algunos lo dejaban bajo la dudosa custodia de unas señoras mientras corrían a aliviar sus necesidades en los baños. Y los bultos se quedaban allí tan solos que daban incluso pena.

Sus estaciones favoritas fueron los aeropuertos. Parecían pequeñas ciudades, llenas de calles, bares, tiendas. Y además, ver las nubes ahí abajo lo compensa todo.

Caso aparte son las estaciones marítimas o que cruzan ríos. En estas vivía dos sensaciones distintas. Los días soleados, los barcos parecían limpios, con el olor nítido del mar, te haces a la idea de volar como ave dueña de sí. Pero los días fríos y nublados, en el mortecino despertar de la mañana, vence el olor de agua estancada y fueloil. Uno se refugia en la panza del barco y las ventanas, casi opacas por la suciedad, apenas dejan ver a lo lejos las montañas de sal, como si fueran enfermos llenos de vendas.

sábado, 19 de mayo de 2018

La verja de hierro




El caminante se hace al camino como un hijo a la voluntad de su padre. Al poco de iniciar la marcha los pasos se hacen continuos, a un mismo ritmo: el cuerpo los asimila, tan íntimos como el latido del pecho.

Los caminantes van en silencio, cumplen una tarea. Cerrando un poco los ojos por la fuerza incipiente del sol, reposan su mirada en la amplia extensión de la campiña. Su mirada deja entrever algo que no entenderían los ajenos a su caminar. Vuelven la mirada adelante. 

Cuando el camino va elevándose, el respirar se hace más lento y más profundo. Ya las palabras sobran. Como en noche de insomnio, se sienten solos.

Finalmente llegan a la cumbre. Se sonríen. Ahora el aire los rodea, ahora el respirar es como un vuelo. La mirada no encuentra el horizonte y a lo lejos atisba el mar y las otras tierras. En el disfrute de la jornada recorren cada balcón, cada azotea, cada calle.



Pero luego llega inevitablemente el regreso. Frente al vuelo, frente al aire, se encuentran con la verja de siempre, una verja de hierro oxidado, ese óxido de nuestro íntimo ser, de un ser para el regreso.

El camino de vuelta es ya siempre en descenso. Hablan los caminantes de cosas sin sustancia, satisfechos con el recuerdo de la subida, sin nombrarlo. Se saben partícipes en su interior de un mismo ser, de un ser para el camino.



viernes, 13 de abril de 2018

La yegüada blanca





Estos días recorren los campos y sus pueblos. Visitan museos, yacimientos, ventas entre los cruces; hacen fotos, toman notas, pienso que en todo buscan la primavera, aunque no se lo digan claramente. Al poco que sienten los vientos de este sol fresco que viene del mar, sus cuerpos se elevan. Oyen entonces a los primeros ruiseñores, allá abajo entre los árboles. Los vencejos que los rodean llevan siglos yendo y viniendo, entre África y la tierra de acá, cruzando cada año el Ecuador obedientes a un secreto magnetismo. 

Los más ancianos de los vencejos conservan el recuerdo de otras generaciones que encontraban aquí un gran estuario. En este extremo del continente que los acogía, las tierras bostezaban en ensenadas enormes, las aguas dulces se demoraban entre collazos y esteros, y poco a poco se dejaban mezclar con el agua salada. Con los siglos los vencejos se fueron acostumbrando a un campo más seco, pero aún habitable.

Entre los pájaros hay leyendas antiquísimas que remontan al principio de los tiempos. Muchos de ellos oyeron la historia de aquellos vencejos que se quedaron aquí: enamorados de las esquirlas que el sol suave levanta desde el horizonte, quisieron hacerse sedentarios, renunciar a la migración cíclica, amar una misma tierra. 

Hubo un año, según se cuenta, en que al regresar los vencejos no se encontraron con sus antiguos congéneres. El invierno, los dioses, no se sabe, habían cambiado su forma. Ya no podían volar. Como una manada brillante de yegüas blancas, como nubes posadas para siempre en campos de flores silvestres, trotaban por los viejos collazos y esteros ya secos.

Las yeguas, con su cabeza erguida olfateaban los vientos, con sus orejas tiesas, a la espera de que suene arriba, en las ramas de los árboles, el canto del ruiseñor; a la espera de los vencejos, las señales adelantadas de la primavera.




domingo, 11 de febrero de 2018

Entre Trafalgar Square y King's Cross

Saint Martin on the Fields

Querido Lucilio:

Pudimos asistir a un concierto de los que se tienen en la iglesia anglicana de Saint Martin on the Fields. Para cuando fue construida esa iglesia, estas pequeñas colinas junto al río (las que son hoy Trafalgar Square) eran tan solo una extensión de campos fuera de la ciudad. El arquitecto salió bien airoso de ese desafío que fue construir iglesias en Londres después de la Reforma: se trataba siempre de separarse del típico modelo de las basílicas barrocas romanas pero dar al templo la prestancia, por ejemplo, del frontispicio del Partenón. De ahí surgió el original diseño, con el campanario central sobre el tejado a dos aguas. El modelo tuvo tanto éxito que fue imitado por toda Gran Bretaña y en América.



Otra iglesia de parecido diseño es Saint Marylebone. Antiguamente hubo un templo o una capilla en la zona rural en la que el Tyburn, un afluente del Támesis, vertia sus aguas en el río. La capilla era llamada Saint Mary on the Tyburn. Con el tiempo ese templo cambió de lugar y pasó de la confesión romana a la anglicana. Después fue abandonado para construir  una iglesia de nueva planta con la misma advocación. Se la situó junto a una de las entradas amplias de Regent's Park buscando un espacio de grandeza y hermosura. Para entonces ya el templo era llamado de Marylebone y ese fue el nombre que acogió su barrio hasta hoy.



     Saint Marylebone


Las palabras son ventanas desde las que se pueden divisar muchísimas cosas: las ciudades, sus gentes, sus sentimientos, la vida pasada y las esperanzas futuras. Fitzroy, por ejemplo, puede provenir de un apelativo: Fils de Roy, el de un hijo natural de un noble con posesiones en los alrededores de Londres. Cuando sus campos pasaron al dominio público muchos aristócratas se fueron a vivir alli, huyendo de los inconvenientes de la ciudad. Pero esta fue creciendo y las familias acaudaladas fueron dejando la zona para retirarse mas aún del bullicio. Entonces el barrio fue acogiendo filas de casas mas modestas que se agrupaban junto a los caminos principales desde el río hacia el pueblo de Camden. Una de aquellas carreteras bordeaba el barrio por el oeste. Los trabajadores se reunían al final de la jornada en una taberna: el nombre de la taberna era Fitzroy. Aun existe un pub con ese nombre. La carretera se convirtió con el tiempo en una calle entre edificios y se llamo Fitzroy Street, y el vecindario acogió el nombre de Fitzrovia.



En época moderna Bloomsbury y Fitzrovia se convirtieron en el barrio cultural de Londres. Asi como los periódicos tomaron Fleet Street o el comercio se instaló en Oxford Circus, a los artistas les atrajo aquel barrio junto al British Museum, entre Marylebone, Regent's Park y King's Cross.



Hoy día el barrio es mas variopinto. Pero, aun asi, se sigue notando su historia. El remate fue la instalacion en él de los principales edificios de la University of London. Ahora es un barrio mucho más marcado por la presencia de estudiantes.


Cuando viajes, Lucilio, procura permanecer un poco de tiempo en cada sitio, acomodándote al clima y al ser de los que habitan allí. Toma notas y estudia la historia del lugar, porque en ella suele estar la clave de mucho de lo que te rodea: la arquitectura, el diseño urbanístico, el colorido y las costumbres de las gentes. Esas notas se te vendrán a las manos inesperadamente, con el paso del tiempo y sincronizarán tu interior, por encima del tiempo, con lo que viviste en otras tierras.

viernes, 6 de octubre de 2017

El pórtico de los Mattei


¿Han tenido alguna vez la sensación de llegar a un sitio desconocido y descubrir que te esperaban? Vean esta narración que he encontrado.

I

Diario, Roma, día 12 de febrero de 2005:


Fue a través de un amigo español como conocí a José Manuel Pérez-Cortijosa y López. Era una de estas personas que parecen haber nacido para estar siempre sentadas sobre una mesa de papeles. El exceso de grasa le rebosaba sobre el cinturón y le apretaba la ropa por diversos sitios. No lo llevaba mal, sin embargo: se había resignado desde joven a su incapacidad para los deportes. Solo había jugado una vez al fútbol como portero y lo dejó porque nadie lo llamaba por su nombre, todos le decían Cortijosa: "¡pero Cortijosa, muévete!", "¡a la mierda con Cortijosa!". Pero él, con los años, se había avenido a simpatizar con su propia apariencia (incluso con lo de Cortijosa) y resultaba un español culto y simpático.

Nos citamos la primera vez en la cafetería de la primera planta de la Feltrinelli de Largo Argentina. Resulta que era bibliotecario y en los ratos que dedicaba a la investigación había encontrado entre viejos papeles la referencia a un cierto "pórtico" de la Roma renacentista, relacionado con la familia Mattei, en el que al parecer los escritores del momento se reunían.


II



A Massimo me lo había recomendado el prestigioso profesor Enrico Brinco. Así que por qué iba yo a sentirme nervioso ni mostrarme tímido. Seguro que me reconocería rápido. Voy a desplegar sobre la mesa parte de mis materiales porque así comprenderá que soy yo quien busco su consejo.

El sudor me delata en la camisa y hasta puede que arruine el Old Space que creía yo que venía mejor en una cita como esta. Me he puesto a escribir cosas sin sentido. Escribir sobre papel bueno es una técnica de relajación --la gente no lo sabe-- y quizás por eso es también uno de los placeres más grandes y menos cultivados del mundo, un lápiz recién comprado aporta más sabor que cualquier café, y no es solo el olor, sino también el tacto, cómo la punta recién fina recorre el papel y va cortando la trama cuadricular apenas perceptible a la vista.

Cuando llegó Massimo Benigno me levanté dudando en la presentación, pero él rápidamente se sentó y me preguntó qué quería yo saber.

Verá, esta investigación --comencé yo-- es muy importante para mí. Llevo años rastreando la vida de este escritor español.

-- Pues ya es un mérito. A mí me resulta totalmente desconocido, ¿qué escribió?

--- Bueno, ciertamente, lo que escribió no se conoció en su tiempo, así que en este en realidad tampoco. Pero verá, dar con uno de los lugares en los que recitaba a sus amigos es ya para mí una cuestión personal, algo que tiene que ver tanto con el bien de mis sentimientos como con el mal de mi bolsillo.

Benigno permaneció en silencio esperando no tener que conocer mis sentimientos, creo.

-- La verdad --continué-- es que yo ya tengo una hipótesis sobre dónde estuvo el llamado "pórtico de los Mattei".

Siguió en silencio.

-- Vd. sabe que la familia acumuló varios palacios, justo aquí cerca, al otro lado del Largo Argentina, a la izquierda de la Via de la Arenula. En los tiempos de mi personaje, solo existía el más pequeño de ellos. Anoche, después de llegar, estuve paseando por la zona. Es curioso cómo ha cambiado: hoy día es un enredo de calles estrechas, pero en aquel entonces el palacio deba, según creo, a un amplio espacio abierto, así que creo que allí, bajo algún techado que protegiera de este calor horrendo, podrían reunirse escritores o anticuarios y gente parecida, ¿no cree?





No dijo que sí ni que no. Abrió las manos hacia arriba como si mi hipótesis fuese un globo que se marchaba sin remedio. -- "¿Tiene otros indicios? --dijo a la vez--. ¿Por qué piensa que sea ese sitio y no otro?"


-- Más que pensarlo es que creo que lo siento. Ya sé que me puedo equivocar, pero he dado tantas vueltas por esta ciudad y he alcanzado tantas presas con mi investigación, que no, que me cuesta pensar que me engañe la intuición.

Massimo Benigno hizo un feo con la cara ante la palabra "presa". Pero luego se encogió de hombros. No podía, al menos entonces, darme otras fuentes de información fiables. Se tomó su café con rapidez y me invitó a acompañarle hacia su casa. Cuando ya nos despedimos, aproveché la cercanía del Palatino para subir a ver los jardines. Los Farnese tuvieron allí uno de sus palacios con vistas a las prestigiosas ruinas del Foro. Hoy se ven también en la zona los cimientos enormes de los palacios imperiales y pueden visitarse algunas de las estancias, subterráneas, de la "Domus Augustana". En un lugar se conserva la base de una fuente enorme que hubo en el palacio, de forma pentagonal. Saqué fotos de las canalizaciones que se conservan. Pero me llamó más la atención, sin embargo, una construcción aislada. Era evidente que no iba con nada de su entorno y estaba en un "estrato" cultural distinto. Mientras la miraba me parecía desafiante, o en actitud de espera. Le hice una foto.





III
Madrid, 23 de mayo de 2017.

Querido profesor Benigno:

Le escribo después de leer su último trabajo sobre la Villa Celimontana de los Mattei. Ahora comprendo que el pórtico o lugar protegido donde se veían los literatos tiene que referirse a aquella magnífica Villa y, quizás en particular, a su teatro. Qué cosa más lógica que donde se podían ver representaciones se pudiese también hacer lecturas públicas.

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Supongo que Vd. no me indicó nada sobre esto en nuestra entrevista porque su conocimiento de la Celimontana estaba en marcha. Desde luego la investigación es algo imprevisible, como la vida.

En fin, como viajo de nuevo para allá me gustaría concertar una nueva entrevista. Si fuese tan amable, me gustaría visitar lo que queda de la Celimontana en la actualidad.



IV

Roma, 30 de junio de 2017

Querido profesor don José Manuel:

Será un placer recibirle y mostrarle la Villa, aunque no crea que el paso del tiempo ha respetado el cúmulo de maravillas que llegó a albergar y hágase a la idea de que las reformas de la familia británica de los Mills le dieron un cambio total a todo el complejo.

De todas formas, debería considerar que la Villa comenzó a destacar en una fecha muy tardía para la vida del personaje del que Vd. me habló. Para cuando ese personaje vivió aquí, lo del Celio estaba en plena construcción.

De todas formas, venga Vd. a verlo.

V


Siempre que voy con prisas a los sitios me pasa igual: acabo sudando la gota gorda, me pongo de un mal carácter tremendo y además me siento culpable por haber hecho esperar a alguien, en este caso a Massimo Benigno.


Bajaba corriendo las escaleras del hotel pero en conserjería me hicieron un gesto. Tenía una nota del profesor. 

Me senté en uno de los sillones de la entrada mientras sentía cómo el sudor empapaba la leve chaqueta veraniega y la camisa que anudaba la corbata.

"Querido profesor don José Manuel:

He tenido que marcharme de improviso para Milán, pero ayer estuve pensando en su cuestión. Mientras se estaba construyendo en el Celio, la familia Mattei compró a los Stati otra Villa que tenían en el Capitolio, junto a la Farnesia. Fíjese que aquel sí que fue un lugar conocido en los años de su personaje. Y otra cosa, la construcción tuvo una loggia tan famosa  (un espacio cubierto y en alto, pero abierto) que se encargó su decoración a Tommasso Peruzzi. Como las alturas del monte eran frescas en verano y habían sido utilizadas por el grupo de Leto, allí se reunieron muchos escritores y artistas. Estoy convencido de que ese es el "pórtico" de los Mattei en el que estuvo su personaje. Le envío una foto de una de las escasas construcciones de los Stati-Mattei que quedan en pie sobre las ruinas de los palacios imperiales. Espero que le sirva."



Vi la foto y doblé el papel de la carta. Desde luego, la investigación es algo tan predeterminado como la vida.

miércoles, 14 de junio de 2017

Hampstead Heath


En los extremos de Bloomsbury había un suburbio más allá de la famosa taberna de Fitzroy. Sus casas estaban marcadas por las lluvias. Resignadamente se dejaban recorrer por canaletas de plomo, que sacaran a las calles los torrentes de agua. Las fachadas eran todas de ladrillo, de un ladrillo ocre oscuro, vencido por el frío y la humedad.




Cuando él era niño, ese sonido metálico del agua le entraba por el caracol del oído y parecía que recorriese sus venas, dejaba incluso un goteo oxidado en los recodos. Su cuarto de niño estaba en el semisótano: odiaba esas habitaciones enmoquetadas y bajo tierra, medio en penumbra siempre, porque le parecía que unos seres gruesos y pringosos crecían en sus rincones polvorientos. Y apenas usaba la escalera que desde la calle permitía acceder directamente a su cuarto, porque la baranda mohosa le dejaba en la mano ese tacto sólido de cuando besó el cuerpo muerto de su abuelo.

Sus mejores recuerdos son los del verano, los de los domingos en que el padre los llevaba a Londres. Cuando él era niño, amaba estas salidas y los autobuses. Llegaban andando hasta la parada de Southampton Road, donde esparaban inquietos el que bajaba desde Camden. El niño soñaba con viajar en autobuses larguísimos que llegaran muy lejos. Otras veces subían a la colina de Hampstead o navegaban hasta Hampton Court.

Dejó pronto Bloomsbury para estudiar. Es curioso, pero los libros le incitaban a viajar y los viajes a leer. Así fue creciendo y hoy por fin ha vuelto, ha vuelto a Bloomsbury: a ver aquel semisótano que ya no siente como suyo. Todo lo ve distinto. Ya nada separa a Bloomsbury de Westmister o del mismo Londres.

Lleva siempre en la cartera un ligero traje de agua. Hoy que ha subido a Hampstead, le resonaban en él las gotas menudas y graciosas de la lluvia serena. Cuando llegó arriba, el cielo había abierto y pudo tener una visión amplia de la ciudad, una visión en la que Bloomsbury apenas se distinguía.