miércoles, 14 de septiembre de 2016

Entrada del otoño en Sint Laambert (Leuven)



Querido Lucilio:

En esta hora del día en que en nuestra tierra el sol mengua su tenaza y los espíritus se elevan más ligeros; en que los bañistas regresan cansados y las madres empiezan a recoger a sus niños morenos entre gritos; ahora, en esta misma hora se reunirán los fieles en la antigua iglesia lovaniense de Sint Lambertus.

Allí las nubes alternarán con briznas de sol que con dificultad alcanzan el recinto completo de su capilla lateral. Las gentes al entrar se descubren, sencillas, sabias. En la pared lateral que mira a occidente están las fotos de los seres queridos que se marcharon. No hay en esto nada lacrimógeno: una serie de rostros sonrientes sin nada especial y a la vez con algo especial cada uno.

A esta misma hora allí están diciendo la misa. Un sacerdote anciano pronuncia las palabras como si no fueran suyas y tuvieran su propia vida, su propio tiempo. Cuando alguien --un señor trajeado, una joven negra con tejanos, un ama de casa-- suben a proclamar la palabra, esta suena igual en el mismo tiempo, como si no fuese suya ni de nadie. El pueblo entiende y aclama serenamente. Se suceden cantos unánimes, sin estridencias, la intensidad justa, la modulación aprendida durante años de respeto.

Al finalizar la ceremonia muchos permanecen sentados unos minutos. El anciano sacerdote sale de la sacristía con una cruz en su mano, del tamaño de la palma; se acerca a la otra pared lateral y cuelga en ella, entre otras, la pequeña cruz de madera. Sin que nadie lo mire fijamente, varias familias sonríen cómplices. Ha sido por el último bautismo.

A esta hora ya la nave central, entre las cruces y las fotos recordatorias, se va quedando vacía. No sé en qué momento ha habido que encender las luces. La gente se saluda en la salida. Ya a esta hora la tarde es oscura e invita a irse a casa. Las familias se dispersan con un poco de prisa, porque va lloviznando. El anciano sacerdote apaga las luces interiores y sale el último, cerrando la puerta exterior.

Aquí, a esta hora, mientras el atardecer enardece de rojos, todo aquello, cómo se echa de menos.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Otoño en Sint Lambertus



Querido Lucilio:

En esta hora del día en que en nuestra tierra el sol mengua su tenaza y los espíritus se elevan más ligeros; en que los bañistas regresan cansados y las madres empiezan a recoger a sus niños morenos entre gritos; ahora, en esta misma hora se reunirán los fieles en la antigua iglesia de Sint Lambertus.

Allí las nubes alternarán con briznas de sol que con dificultad alcanzan el recinto completo de su capilla lateral. Las gentes al entrar se descubren, sencillas, sabias: ven en la pared occidental las fotos de seres queridos que se marcharon. No hay nada lacrimógeno: una serie de rostros sonrientes sin nada especial y a la vez con algo especial cada uno.

El anciano sacerdote pronuncia las palabras de la misa como si no fueran suyas y tuvieran su propia vida, su propio tiempo. Cuando alguien --un señor trajeado, una joven negra con tejanos, un ama de casa-- suben a proclamar la palabra, esta suena igual en el mismo tiempo, como si no fuese suya ni de nadie de este mundo. El pueblo entiende y aclama serenamente. Se suceden cantos unánimes, sin estridencias, la intensidad justa, la modulación aprendida durante años de respeto.

Al finalizar la ceremonia muchos permanecen sentados unos minutos. El anciano sacerdote sale de la sacristía con una cruz en su mano, del tamaño de la palma; se acerca a la pared oriental y cuelga en ella, entre otras, la pequeña cruz de madera. Sin que nadie lo mire fijamente, varias familias sonríen cómplices. Ha sido por el último bautismo.

La nave central, entre las cruces y las fotos recordatorias, se va quedando vacía. No sé en qué momento ha habido que encender las luces. La gente se saluda en la salida. Ya a esta hora la tarde es oscura e invita a irse a casa. Las familias se dispersan con un poco de prisa, porque llovizna un poco. El anciano sacerdote apaga las luces interiores y sale el último, cerrando la puerta exterior.

Aquí a esta hora el atardecer enardece de rojos. Por las ventanas abiertas se oyen televisores, cenas que se preparan, gente que sale y entra. En la nave solitaria de Sint Lambertus un silencio compacto espera al siguiente día del otoño.

domingo, 21 de agosto de 2016

The fields of Heverlee




Querido Lucilio:

Los campos de Heverlee eran extensas praderas verdes que rodeaban el camino de Namur, conforme uno salía de Lovaina por la Namsepoort. En esos campos se levantó el palacio (antiguo castillo) de la familia Aremberg. Las viviendas para su servicio, junto con los mesones y otras casas que se instalaron en torno a la carretera de entrada, dieron lugar a un pequeño suburbio llamado Heverlee. Hoy en día es un barrio más, que conserva su sabor antiguo solo en algunos sitios: en el núcleo del pueblo y en algunas partes de la calle principal (la antiga carretera).

El palacio fue finalmente cedido a la Universidad para una de sus Facultades. De sus jardines, ya parque público, salió el primer globo aerostático de la historia. El río Dijle los llena de árboles y flores que aquí cultivan exquisitamente.

Durante las guerras fueron terrenos de luchas o de acampada de los ejercitos. Junto a Sint Laambert se estableció finalmente el cementerio por los caídos, con una escultura memorial que adornan el día de la nación.

A los lados de la antigua carretera, mientras se separa uno de ella, se descubren nuevos barrios de los aspectos más diversos, siempre rodeados de árboles y el recuerdo de las antiguas praderas.

En el templo de Sint Qwentijn, cercano a la Namsesstraat, he encontrado un resto de devoción a Our Lady of the Fields:

Help us sow this Seed
To all those in need.

In the  soil of sorrow,
Help us sow fields of comfort.

In the hard clay of doubt and despair
Help us sow abundan fields of hope and care.

Hemos recogido las cosas y finalmente abandonamos la casa. Al pasar por el portal nos invade como siempre un vigoroso olor a flores, el de la floristería, por última vez.



viernes, 12 de agosto de 2016

Centrale Bibliotheek: El salón de los pasos perdidos



Querido Lucilio:

En Leuven me he reconciliado con los días nublosos, la asidua llovizna y los apenas intentos del sol; eso sí, esplendorosos cuando inunda cualquier calle arbolada.

Con frecuencia cada día voy y vengo entre la Letteren Fakulteit y la Centrale Bibliotheek de la Universidad, que son dos edificios separados por un pequeño parque: el primero es un moderno bloque de hormigón visto y rígidas estructuras, y el segundo es una elegante muestra de gótico flamígero en el que destaca sobre la gran plaza su elevada torre.

Me contaron que en los años de la Gran Guerra la Biblioteca Central de la Universidad fue destruida. Fue un acto expreso de desprecio, innecesario para el dominio ya conseguido de la población. Ahí se perdió el registro de buena parte de la historia del Colegio Trilingüe y de los demás Colleges o Pedagogies universitarios. Pero al llegar la paz Leuven reconstruyó el emblemático edificio, piedra a piedra, tal como había sido previamente.

En el corto recorrido entre un edificio y otro a veces me surca un corto tiritar o me caen unas gotas, que recibo acelerando el paso con el regocijo de quien corre descalzo a los brazos del padre.

Hoy, al llegar a la Biblioteca Central, he entrado en primer lugar en el Tabularium, su parte más íntima, protegida por unas empinadas escaleras de caracol. Me llamaron la atención unas fotos enmarcadas que mostraban el estado ruinoso tras la guerra y su reconstrucción. Resulta que hubo en ella, como en tantos edificios similares, un "salón de los pasos perdidos", un amplio distribuidor por el que todo el mundo pasa sin quedarse. Se conservan fotos de su ruina tras la guerra y la recconstrucción posterior.






Pero para mí el corazón de este auténtico monumento no está en la magnífica entrada ni en su Tabularium más recóndito, sino en el Salón General de lectura que da a la plaza Msgr. Ladeuze. 


Al ir bajando desde el Tabularium a la Sala, comienzo a sentir un cálido bienestar, los pasos lentos de unos y otros casi como caricias en el entarimado; el olor nítido de la madera rehecha trozo a trozo. Me apresuro con los pies mojados y me hundo con delectación entre sus brazos dejando que mis pasos perdidos se aquieten junto a los otros, acomodados al destino que nos espere.

jueves, 4 de agosto de 2016

Dijle rivier




Querido Lucilio:

En la Facultad lovaniense de Letras, por las mañanas se siente una almohada de silencio. Respira la ciudad serena a través de las hojas de los árboles, hasta entre las yedras de las paredes. A veces se oyen lejanas campanas de alguna iglesia y la horas caen como hojas desde el campanario de la Msgr. Ladeuzeplein.

Desde que llegamos, el Brabante flamenco se despliega ante nosotros como falda de madre hacia el mar, con un silencio asordinado hecho de inmensas nubes blancas, grises, blancas, que vuelan levemente.

Entre los cimientos de la Biblioteca comprendo un rumor de agua. Los ríos bajan desde las colinas valonas dudosos, lentos, cambiando el curso entre praderas de heno. Al llegar a Lovaina, el río Dijle se embufa entre árboles y suelos más sólidos: het groot Begijnhof, Vismarkt, Sint Geertruikerk.


Quiere Dijle encontrar el mar, con un querer sin querer del todo. Se retira, se retiene y sin remedio se distrae entre las islas de Zelandia y las líquidas cristaleras de los balcones de Amberes.

Ya en el mar Dijle vuelve al norte y merodea su tierra tan querida. Entra y sale, y entre tierra y sal del mar alcanza Groningen. Allí encuentra el empuje del río Ems y ambos se funden y en sus brazos acogen el fleco final de las tierras, los Nether Landen de los Países Bajos.

viernes, 1 de julio de 2016

Catedral de León


Querida Paulina:

Este ritornello de los congresos es una sucesión de dobleces en el tiempo difícil de asimilar. Ver a un mismo grupo de gente cada tantos años (y ya casi durante media vida) es algo estremecedor de lo que sólo he podido recuperarme al entrar en la Catedral, al zambullirme dejándome caer en peso hacia ese zenit giratorio, mareante y cálido, en un salto de umbral hacia la casa propia, un espacio que dura siglos.


No he perdido la sensación del abrazo gracias a la actuación del Coro de la Capilla Clásica de León. Sé que a ti te hubiera gustado.




La precisión de las voces mantenía el aire cálido, la luminaria interior, el diapasón exacto que puede unir tiempos y lugares en la casa propia, en el abrazo.

sábado, 11 de junio de 2016

Gibralfaro


Querido Lucilio:

Málaga es muy parecida y muy distinta a Cádiz. En las dos la misma presencia abrumadora del mar y, sin embargo, una luz muy distinta, en Cádiz más recién nacida, en Málaga más torda por la presencia atenta de las montañas. Y sobre estas Gibralfaro, el castillo. Desde sus saeteras cuando yo era casi un niño admiraba la bajada de los montes hacia ese señor del tiempo que es el mar, tan inmenso, tan azul, tan lleno de sol. En medio de todo giraba el mágico globo de la plaza de toros, un redondel que parecía revolar la ciudad a su alrededor, entre máquina y madre: la Malagueta, la Manquita.

Algunas veces he intentado guardar los folletos de los museos que visito para no perder sus sensaciones, pero los pierdo por los vaivenes de la vida. En cambio cualquier circunstancia puede traerme de nuevo las huellas que quedaron dentro como lo más mío de mí, como ahora.

En esta última visita me ha afectado especialmente el museo Picasso. Cuando yo entro en los museos (aunque sea de objetos antiguos sin más) tengo un raro sentido de salir del tiempo. Y esto se aprecia más en el Picasso, porque bajo la antigua casona palaciega de los Condes de Buenavista se han conservado y se pueden visitar restos romanos y fenicios que afloraron al preparar el edificio para museo. En cuanto me enteré bajé y volví a subir dejándome fascinar. Esa presencia arqueológica en los cimientos de una producción tan efervescente como la de Picasso da al conjunto un carácter especial que hace resaltar más la experimentación, la visión artística del autor malagueño sobre todo lo nuevo y lo viejo.

Por otra parte, una profundidad parecida, pero en otra dimensión, cobran los museos al visitarlos con Paulina (y te he de reconocer que mi mirada se está haciendo a la suya). Es como ver las piezas y el conjunto desde dentro y desde antes (antes que se reuniera la colección y antes de que creara el artista). Me he fijado en que curiosamente yo tiendo a leer las informaciones sobre las piezas antes de disfrutarlas. Ella, sin embargo, tiende a volcarse directamente en la creación desde su dentro; y luego es cuando lee, reflexiona y comparte conmigo.

Cuando subimos a Gibralfaro cambió un poco esto. Yo recorría como un soldado las barbacanas dominando de nuevo las vistas de mi infancia, mientras Paulina miraba más despacio las cosas bajo un sol torrentoso.

Al final nos reunimos y fuimos bajando lentamente hablando. Yo comprendía que Gibralfaro siempre había estado allí, que el mar me había esperado después de tantos años. Cuando yo lo miraba de niño, él me citaba para otro tiempo, el de ahora, para una contemplación juntos, rememorable en dos perfiles, completos en el abrazo ante el señor del tiempo.
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