sábado, 19 de mayo de 2018

La verja de hierro



Querido Lucilio:

El caminante se hace al camino como un hijo a la voluntad de su padre. Al poco de iniciar la marcha los pasos se hacen continuos, a un mismo ritmo: el cuerpo los asimila, tan íntimos como el latido del pecho.

Los caminantes van en silencio, cumplen una tarea. Cerrando un poco los ojos por la fuerza incipiente del sol, reposan su mirada por la amplia extensión de la campiña. Lo comprenden. Vuelven su mirada adelante. A veces hablan de Dios como en un sueño, o de otros caminantes, o de lo más reciente o de lo más antiguo. De todo menos del fin del camino, la subida a la montaña. Porque lo desean y a la vez no saben si cada uno podrá o no, quién llevará a quién, porque esto es subir los dos o no subir ninguno.

Cuando el camino va elevándose el respirar se hace más lento y más profundo. Ya las palabras sobran porque les falta sentido. Como en noche de insomnio se sienten solos, por más que los paisanos estén cerca y los miren con su piel reseca y arañada; sin asombro, porque hombres y mujeres hicieron ya este camino y otros vendrán a hacerlo.

Finalmente llegamos a la cumbre. Nos sonreímos. Ahora el aire nos rodea, ahora el respirar es como un vuelo. La mirada no encuentra el horizonte y a lo lejos atisba el mar y las otras tierras. En el disfrute de la jornada recorremos cada balcón, cada azotea, cada calle.


Pero luego llega inevitablemente el regreso. Frente al vuelo, frente al aire,nos encontramos con la verja de siempre, una verja de hierro oxidado, ese óxido de nuestro íntimo ser, de un ser para el regreso.

El camino de vuelta es ya siempre en descenso. Hablan los caminantes de cosas sin sustancia, satisfechos con el recuerdo de la subida, sin nombrarlo. Se saben partícipes en su interior de un mismo ser, de un ser para el camino.



viernes, 13 de abril de 2018

La yegüada blanca





Querido Lucilio:

Estos días Paulina y yo recorremos los campos y sus pueblos. Visitamos museos, yacimientos, ventas entre los cruces, hacemos fotos, tomamos notas, creo que en todo buscamos la primavera, aunque no nos lo digamos. A poco que sentimos los vientos de este sol fresco que viene del mar, nuestros cuerpos se elevan. Se oyen entonces los primeros ruiseñores, allá abajo entre los árboles. Los vencejos que nos rodean llevan siglos yendo y viniendo, entre África y nuestra tierra, cruzando cada año el Ecuador obedientes a un secreto magnetismo. Los más ancianos de ellos conservan el recuerdo de otras generaciones que encontraban, después de sobre volar el mar de Alborán, un gran estuario. En este extremo del continente que les acogía, las tierras bostezaban en ensenadas enormes, las aguas dulces se demoraban entre collazos y esteros, poco a poco se dejaban mezclar con el agua salada. Con los siglos los vencejos se fueron acostumbrando a un campo más seco, pero aún habitable.

Entre los vencejos hay leyendas antiquísimas que remontan al principio de los tiempos. Muchos de ellos oyeron la historia de aquellos que se quedaron. Enamorados de las esquirlas que el sol suave levanta aquí desde el horizonte, quisieron hacerse sedentarios, renunciar a la migración recurrente, amar una misma tierra. Hubo un año, según se cuenta, que los vencejos al regresar no los volvieron a ver. El invierno, los dioses, no se sabe, habían cambiado su forma. Ya no podían volar. Como una manada brillante de yegüas blancas, como nubes posadas para siempre en campos de flores silvestres, trotaban por los viejos collazos y esteros ya secos.

Con su cabeza erguida olfatean los vientos, con sus orejas tiesas, a la espera de que suene arriba, en las ramas de los árboles, el canto del ruiseñor; a la espera de los vencejos, las señales adelantadas de la primavera.




domingo, 11 de febrero de 2018

Conocer Londres

Saint Martin on the Fields

Querido Lucilio:



Los viajes me han permitido descubrir lo apegado que estoy a lo urbano. Las ciudades grandes te ofrecen un punto de fascinación inigüalable, probablemente por la huella histórica que encierran. Fíjate, Lucilio, que de Londres a mi lo que mas me fascina no son sus espectáculos, ni sus museos, ni siquiera sus bibliotecas. Lo que mas me fascina es su historia.


Paulina y yo tuvimos oportunidad de asistir, con una amiga de ella, a un concierto de los que se tienen en la iglesia anglicana de Saint Martin on the Fields. Para cuando fue construida esa iglesia, estas pequeñas colinas junto al río que son hoy Trafalgar Square eran tan solo una extensión de campos fuera de la ciudad. El arquitecto salió bien airoso de ese desafío que fue construir iglesias en Londres después de la Reforma. Se trataba de separarse del típico modelo de las basílicas barrocas romanas pero dar al templo la prestancia, por ejemplo, del frontispicio del Partenón. De ahí surgió el original diseño, con el campanario central sobre el tejado a dos aguas de la iglesia que nos acogía. El modelo tuvo tanto éxito que fue imitado en Gran Bretaña y América.


Otra iglesia de parecido diseño es Saint Marylebone. Antiguamente hubo un templo o una capilla en la zona rural en la que el Tyburn, un afluente del Támesis, vertia sus aguas en el río. La capilla era llamada Saint Mary on the Tyburn. Con el tiempo ese templo cambió de lugar, pasó de la confesión romana a la anglicana, y finalmente se trasladó y se construyó una iglesia de nueva planta de las mas representativas de la ciudad, buscando situarla junto a una de las entradas amplias de Regent's Park. Para entonces ya el templo era llamado de Marylebone y ese fue el nombre que acogió su barrio hasta hoy.




La historia de las palabras da a conocer muchas de estas historias, de las que están llenas las grandes ciudades como Londres. Fitzroy, por ejemplo, pudo ser un apelativo: Fils de Roy, el de un hijo natural de un noble con posesiones en los alrededores de Londres. Cuando sus campos pasaron al dominio público muchos aristócratas se fueron a vivir alli, huyendo de los inconvenientes de la ciudad. Pero esta fue creciendo y las familias acaudaladas fueron dejando la zona para retirarse mas aún del bullicio. Entonces el barrio fue acogiendo filas de casas mas modestas que se agrupaban junto a los caminos principales desde el río hacia el pueblo de Camden. Una de aquellas carreteras bordeaba el barrio por el oeste. Los trabajadores se reunían al final de la jornada en una taberna: el nombre de la taberna era Fitzroy. Aun existe un pub con ese nombre. La carretera se convirtió con el tiempo en una calle entre edificios y se llamo Fitzroy Street, y el vecindario acogió el nombre de Fitzrovia.


En época moderna Bloomsbury y Fitzrovia se convirtieron en el barrio cultural de Londres. Asi como los periódicos tomaron Fleet Street o el comercio se instaló en Oxford Circus, a los artistas les atrajo aquel barrio junto al British Museum, entre Marylebone, Regent's Park y King's Cross.


Hoy dia el barrio es mas variopinto. Pero, aun asi, se sigue notando su historia. El remate fue la instalacion en él de los principales edificios de la University of London. Ahora es un barrio mucho más marcado por la presencia de estudiantes.


Cuando viajes, Luclio, procura permanecer un poco de tiempo en cada sitio, acomodándote al clima y al ser de los que habitan allí. Toma notas y estudia la historia del lugar, porque en ella suele estar la clave de mucho de lo que te rodea: la arquitectura, el diseño urbanístico, el colorido y las costumbres de las gentes. Esas notas se te vendrán a las manos inesperadamente, con el paso del tiempo y sincronizarán tu interior, por encima del tiempo, con lo que viviste en otras tierras.

sábado, 3 de febrero de 2018

Textos con notaciones varias




Querido Lucilio:

Creo de verdad que el mundo de los blogs es uno de los ámbitos de aportación más interesantes a la literatura contemporánea. ¡Qué mundo de alusiones y referencias! Juntos el sonido, la imagen y los textos, y al alcance de cualquiera. ¡Qué riqueza de matices! ¡Qué natural su sucesión cronológica, como en los epistolarios!

He conocido recientemente a Gerard Genette y sus aportaciones sobre la transtextualidad. Se trata de un método y una terminología útiles para profundizar en particular en los textos literarios y pienso que los blogs pueden ser una muestra especial de esto.


En este blog, por ejemplo, el propio título sería un architexto que sitúa al amable lector en unas coordenadas firmes de expectativa: el fundamento del mundo clásico greco-latino, la literatura epistolar y sus confidencias, los consejos, la expresión subjetiva, el estilo medio. El hipertexto, aquel libro de cartas que el antiguo romano Séneca dedicó al joven Lucilio, marca sus tonalidades: concretas, pero muy amplias, porque de todo se puede hablar en una carta y todo puede mandarse con ella. El autor ficticio que toma en este blog el nombre del antiguo Séneca ---y cuyo archivo rastreo con minuciosidad--- no es más que uno de los miles de hipotextos a los que las Epístolas a Lucilio han dado lugar desde la Antigüedad.




Me maravilla la variedad de escritos que aparecen en el epistolario de este hombre ---aun siendo ficticio--- y sus diferentes grados de conexión (algo casi intertextual) con la realidad. La intertextualidad, en un sentido amplio, la referencia o la alusión, son formas connotativas del texto que, más allá del significado conceptual, lo dotan de sugerencias para el lector.

En este sentido, las entradas de un blog, por pocas pretensiones que tenga de creación literaria, están llenas de textos con notaciones varias, o sea, profundamente connotativos. Es por eso que en parte entiendo este blog subjetivísimo como un pequeño campo de experimentación literaria personal.

Todas las "prosas poéticas", por ejemplo, podrían etiquetarse "con notaciones varias". Cada lector sacará un fruto distinto de unas u otras. Tú, Lucilio, bien lo sé, lo captarás todo a pesar de la distancia.

viernes, 6 de octubre de 2017

El pórtico de los Mattei


Querido Lucilio:

Has tenido alguna vez la sensación de llegar a un sitio desconocido y descubrir que te esperaban?

I

Diario, Roma, día 12 de febrero de 2005:

Fue a través de un amigo español como conocí a José Manuel Pérez-Cortijosa y López. Era una de estas personas que parecen haber nacido para estar siempre sentadas sobre una mesa de papeles. El exceso de grasa le rebosaba sobre el cinturón y le apretaba la ropa por diversos sitios. No lo llevaba mal, sin embargo: se había resignado desde joven a su incapacidad para los deportes. Solo había jugado una vez al fútbol como portero y lo dejó porque nadie lo llamaba por su nombre, todos le decían Cortijosa: "¡pero Cortijosa, muévete!", "¡a la mierda con Cortijosa!". Pero él, con los años, se había avenido a simpatizar con su propia apariencia y resultaba un español culto y simpático.

Nos citamos la primera vez en la cafetería de la primera planta de la Feltrinelli de Largo Argentina. Resulta que era bibliotecario y en los ratos que dedicaba a la investigación había encontrado entre viejos papeles la referencia a un cierto "pórtico" de la Roma renacentista, relacionado con la familia Mattei, en el que al parecer los escritores del momento se reunían.

II

Diario del viaje a Roma:

A Massimo me lo había recomendado el prestigioso profesor Enrico Brinco. Así que por qué iba yo a sentirme nervioso ni mostrarme tímido. Seguro que me reconocería rápido. Voy a desplegar sobre la mesa parte de mis materiales porque así comprenderá que soy yo quien busco su consejo.

El sudor me delata en la camisa y hasta puede que arruine el Old Space que creía yo que venía mejor en una cita como esta. Me he puesto a escribir cosas sin sentido. Escribir sobre papel bueno es una técnica de relajación --la gente no lo sabe-- y quizás por eso es también uno de los placeres más grandes y menos cultivados del mundo, un lápiz recién comprado aporta más sabor que cualquier café, y no es solo el olor, sino también el tacto, cómo la punta recién fina recorre el papel y va entrecortando la trama cuadricular apenas perceptible a la vista.

Cuando llegó Massimo Benigno me levanté dudando en la presentación, pero él rápidamente se sentó y me preguntó qué quería yo saber.

Verá, esta investigación --comencé yo-- es muy importante para mí. Llevo años rastreando la vida de este escritor español.

-- Pues ya es un mérito. A mí me resulta totalmente desconocido, ¿qué escribió?

--- Bueno, ciertamente, lo que escribió no se conoció en su tiempo, así que en este en realidad tampoco. Pero verá, dar con uno de los lugares en los que recitaba a sus amigos es ya para mí una cuestión personal, algo que tiene que ver tanto con el bien de mis sentimientos como con el mal de mi bolsillo.

Benigno permaneció en silencio esperando no tener que conocer mis sentimientos, creo.

-- La verdad --continué-- es que yo ya tengo una hipótesis sobre dónde estuvo el llamado "pórtico de los Mattei".

Siguió en silencio.

-- Vd. sabe que la familia acumuló varios palacios, justo aquí cerca, al otro lado del Largo Argentina, a la izquierda de la Via de la Arenula. En los tiempos de mi personaje, solo existía el más pequeño de ellos. Anoche, después de llegar, estuve paseando por la zona. Es curioso cómo ha cambiado: hoy día es un enredo de calles estrechas, pero en aquel entonces el palacio deba, según creo, a un amplio espacio abierto, así que creo que allí, bajo algún techado que protegiera de este calor horrendo, podrían reunirse escritores o anticuarios y gente parecida, ¿no cree?



No dijo que sí ni que no. Abrió las manos hacia arriba como si mi hipótesis fuese un globo que se marchaba sin remedio. -- "¿Tiene otros indicios? --dijo a la vez--. ¿Por qué piensa que sea ese sitio y no otro?

-- Más que pensarlo es que creo que lo siento. Ya sé que me puedo equivocar, pero he dado tantas vueltas por esta ciudad y he alcanzado tantas presas con mi investigación, que no, que me cuesta pensar que me engañe la intuición.

Massimo Benigno hizo un feo con la cara ante la palabra "presa". Pero luego se encogió de hombros. No podía, al menos entonces, darme otras fuentes de información fiables. Se tomó su café con rapidez y me invitó a acompañarle hacia su casa. Cuando ya nos despedimos, aproveché la cercanía del Palatino para subir a ver los jardines. Los Farnese tuvieron allí uno de sus palacios con vistas a las prestigiosas ruinas del Foro. Hoy se ven también en la zona los cimientos enormes de los palacios imperiales y pueden visitarse algunas de las estancias, subterráneas, de la "Domus Augustana". En un lugar se conserva la base de una fuente enorme que hubo en el palacio, de forma pentagonal. Saqué fotos de las canalizaciones que se conservan. Pero me llamó más la atención, sin embargo, una construcción aislada. Era evidente que no iba con nada de su entorno y estaba en un "estrato" cultural distinto. Mientras la miraba me parecía desafiante, o en actitud de espera. Le hice una foto.



III
Madrid, 23 de mayo de 2017.

Querido profesor Benigno:

Le escribo después de leer su último trabajo sobre la Villa Celimontana de los Mattei. Ahora comprendo que el pórtico o lugar protegido donde se veían los literatos tiene que referirse a aquella magnífica Villa y, quizás en particular, a su teatro. Qué cosa más lógica que donde se podían ver representaciones se pudiese también hacer lecturas públicas.

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Supongo que Vd. no me indicó nada sobre esto en nuestra entrevista porque su conocimiento de la Celimontana estaba en marcha. Desde luego la investigación es algo imprevisible, como la vida, uno empieza por un hilo y nunca sabe dónde puede acabar.

En fin, como viajo de nuevo para allá me gustaría concertar una nueva entrevista. Si fuese tan amable me gustaría visitar lo que queda de la Celimontana en la actualidad.



IV

Roma, 30 de junio de 2017

Querido profesor don José Manuel:

Será un placer recibirle y mostrarle la Villa, aunque no crea que el paso del tiempo ha respetado el cúmulo de maravillas que llegó a albergar y hágase a la idea de que las reformas de la familia británica de los Mills le dieron un cambio total a todo el complejo.

De todas formas, debería considerar que la Villa comenzó a destacar en una fecha muy tardía para la vida del personaje del que Vd. me habló. Para cuando ese personaje vivió aquí, lo del Celio estaba en plena construcción.

De todas formas, venga Vd. a verlo.

V

Diario de viaje a Roma del 17.

Siempre que voy con prisas a los sitios me pasa igual: acabo sudando la gota gorda, me pongo de un mal carácter tremendo y además me siento culpable por haber hecho esperar a alguien, en este caso a Massimo Benigno.

Bajaba corriendo las escaleras del hotel pero en conserjería me hicieron un gesto. Tenía una nota del profesor. 

Me senté en uno de los sillones de la entrada mientras sentía cómo el sudor empapaba la leve chaqueta veraniega y la camisa que anudaba la corbata.

Querido profesor don José Manuel:

"He tenido que marcharme de improviso para Milán, pero ayer estuve pensando en su cuestión. Mientras se estaba construyendo en el Celio, la familia Mattei compró a los Stati otra Villa que tenían en el Capitolio, junto a la Farnesia. Fíjese que aquel sí que fue un lugar conocido en los años de su personaje. Y otra cosa, la construcción tuvo una loggia tan famosa  (un espacio cubierto y en alto, pero abierto) que se encargó su decoración a Tommasso Peruzzi. Como las alturas del monte eran frescas en verano y habían sido utilizadas por el grupo de Leto, allí se reunieron muchos escritores y artistas. Estoy convencido de que ese es el "pórtico" de los Mattei en el que estuvo su personaje. Le envío una foto de una de las escasas construcciones de los Stati-Mattei que quedan en pie sobre las ruinas de los palacios imperiales. Espero que le sirva."


Vi la foto y doblé el papel de la carta. Ahora la investigación no me parecía un recorrido de sorpresas aleatorias. Había llegado a un sitio sin saber que se me esperaba. Ahora me pregunto este camino de hoy adónde nos lleva.

miércoles, 14 de junio de 2017

Hampstead Heath


En los extremos de Bloomsbury había un suburbio más allá de la famosa taberna de Fitzroy. Sus casas estaban marcadas por las lluvias. Resignadamente se dejaban recorrer por canaletas de plomo que sacaran a las calles los torrentes de agua. Las fachadas eran todas de ladrillo, de un ladrillo ocre oscuro vencido por el frío y la humedad.




Cuando yo era niño, ese sonido metálico del agua me entraba por el caracol del oído y parecía que recorriese mis venas, incluso dejando un goteo oxidado en los recodos. Mi cuarto de niño estaba en el semisótano. Odiaba esas habitaciones enmoquetadas y bajo tierra, medio en penumbra siempre, porque me parecía que unos seres gruesos y pringosos crecían en sus rincones polvorientos. Y apenas usé la escalera que desde la calle permitía acceder directamente a mi cuarto, porque la baranda mohosa dejaba en mi mano ese tacto sólido del cadáver.

Mis mejores recuerdos son los del verano, los de los domingos en que mi padre nos llevaba a Londres. Cuando yo era niño amaba estas salidas y los autobuses. Llegábamos andando hasta la parada de Southampton Road, donde esparábamos inquietos el que bajaba desde Camden y yo soñaba con viajar en autobuses larguísimos que llevaran muy lejos. Otras veces subíamos a la colina de Hampstead o navegábamos hasta Hampton Court.

Dejé pronto Bloomsbury para estudiar. Es curioso, pero los libros me incitaban a viajar y los viajes a leer. Así que fui creciendo y hoy por fin he vuelto, he vuelto con Paulina a Bloomsbury: a ver mi semisótano que ya no siento ni que fuese mío. Todo lo veo distinto. Ya nada separa a Bloomsbury de Westmister o del mismo Londres.

Llevo siempre en la cartera un ligero traje de agua. Hoy que he subido a Hampstead me resonaban las gotas menudas y graciosas de la lluvia serena. Cuando llegué arriba el cielo había abierto y pude tener una visión amplia de la ciudad, en la que Bloomsbury apenas se distinguía.



jueves, 27 de abril de 2017

Del cuidado de los zapatos: Rose Lane, Oxford



Querido Lucilio:

¿Has pensado alguna vez que el destino nos dé a vivir las cosas dos veces? Como coger un papel y doblarlo, pero de forma que en esta línea de hoy encontremos aquella otra que se nos escapó tan lábil o aquella que parecía ya olvidada.

Cuando duermen los sentidos en el frescor de la bodega, descubro los recuerdos como única posesión de mi hacienda. Mientras camino entre las filas de barricas, todas firmes como un fusilamiento, inclino mi mirada y veo que llevo los zapatos de hace tantos años. ¿Cómo es que tengo todavía estos zapatos? Deberían molestarme, si es que mi pie ha crecido desde la juventud. Eso sí, se nota que los he cuidado. Por las noches, cuando ya todos estaban en sus cuartos y aunque el cansancio me vencía, yo nunca dejaba de repasarlos con un cepillo y un poco de betún. El betún era como un sacramento, un bautismo de cada noche para aliviar las caminatas y preparar la mañana.



Pero no deben de ser los mismos zapatos, ahora que caigo. Una vez equivoqué el betún y desde entonces tuvieron un tono desvaído que me disgustaba mucho. Con ellos estuve entre mis amigos en el Magdalen College (que muchos pronunciaban Mohdelen haciendo fuerza en la excentricidad con que devorábamos, ignorantes, la juventud). Andábamos como héroes: Pembroke Street, Carfax, Radcliffe Camera, the Bod.

Era una de las últimas tardes cuando me despedí de ellos en el Magdalen. De vuelta a casa, daba un paso y otro por High Street. Los zapatos me desagradaban, me hubiera gustado quitármelos. De repente vi abrirse a la izquierda un camino de tierra: Rose Lane. Por la dirección que llevaba calculé que abreviaría el recorrido. Siempre me ha gustado explorar estos atajos imprevistos que ponen a prueba mi orientación y que contienen con frecuencia una sorpresa. Comenzó el silencio y en él mi paso continuo: Merton College parecía un fellow vestido de gris, sorprendido en la somnolencia de la tarde.

Si yo hubiera tenido la ropa de deporte, bien que hubiera recorrido estos meadows de Christ Church. Mis zapatos me miraron burlones: no eran ellos mis zapatillas antiguas para el  footing, que habían husmeado por algunas montañas y hasta las arenas de las playas. ¡Oh,  sí! Pero aquí en estos meadows sudaría el cuerpo sin miedo, arropado por la foresta tan rica. A fuerza de doblegar mi resistencia, el cuerpo ascendería a otras esferas, como al correr bajo la lluvia, empapado el pelo.

Al final de Rose Lane el camino se embosca hasta la ribera del Isis. Traté de orientarme y me di cuenta de que sí, de que llegaría más o menos a una cantina llamada The Head of the River, pero me sacaron de mis pensamientos unos sonidos entre los árboles. En un claro había un pequeño graderío. Los muchachos, sentados y de pie, levantaban murmullos de risa complaciente. Los que actuaban, con sus disfraces, esperaban un instante el efecto de su diálogo... y continuaban con él en medio de la delectación general de aquel conjunto de cómplices: cómplices del arte, de los nuances de su lengua, de su juventud, de la tarde.

Los zapatos me molestaban y a la vez los comprendía. Concentré de nuevo la vista en ellos: era un principio de nostalgia. Llegué hasta los hierros que encauzaban la salida del parque. Los zapatos se vengaban (quizás por el error del betún): no creas que volverás a ver a los jóvenes del Magdalen College School actuando junto al verdor oscuro del Isis.

Ahora, después que la hoja se dobló, Lucilio, miro mis zapatos, los que compré con Paulina. Voy andando entre pinares. Sigo cuidándolos igual y selecciono con esmero los betunes que utilizo. Ya he tenido que renovar las suelas y meter otros remiendos que los han hecho más míos (o quizás yo más de ellos). Los comprendo: están expectantes; quieren, como una medalla al amor, estrenar la pisada de  Rose Lane... y lo saben cerca.

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