domingo, 3 de febrero de 2013

El maestro




Querido Lucilio:


No quieras leer tanto, y con el único motivo de que algo se te venga a las manos. Lo que te ocurre es lógico, sobre todo en la época que nos ha tocado vivir. La edición por máquinas cibernéticas; el soporte de carácter digital; y la difusión telemática por la red mundial de computadoras, son los tres fenómenos extraordinarios que están cambiando día a día la cultura.

Se repiten los tiempos en los que se difundió la imprenta. Llamativamente, a finales del siglo xv y principios del xvi, hubo personas que seguían considerando preferible la transmisión manuscrita. Había sido la forma de transmitir la cultura durante siglos. La tarea del escriba había sido considerada una labor casi divina —paralela a la consideración de los iconos en oriente—: un trabajo auténticamente artístico, sedimentado sobre horas de contemplación y estudio en la quietud de los claustros monacales.

Más aún, ocurrió que por la prisa en difundir textos impresos —y por el negocio que suponía— se divulgaron muchas veces las versiones deteriores. Y destronar algunas de estas versiones vulgatae supuso luego un esfuerzo de crítica filológica que ha llegado hasta nuestros días.

Hoy casi cualquier particular puede editar un libro. Y basta insertar una palabra en ese tráfago de información mundial para que tengas a tu alcance en dos segundos miles de páginas más atractivas que muchos de los libros mejor editados.

No, no digo que la imprenta fuera perjudicial, ni que fuera preferible la transmisión manuscrita. Lo que quiero decirte es que debes seleccionar. Debes hacerlo si quieres de verdad formarte. Lo que necesitas no es tiempo para leerlo todo, ni sitio para tenerlo todo —típicos anhelos, ambos, de la juventud que gozas—. Lo que necesitas es un maestro. No es necesario que lo busques, preocúpate sólo de hacerte merecedor de él, y él solo te encontrará.

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