viernes, 23 de noviembre de 2012

Tres maneras de estar solos


Querido Lucilio:


Respondo a tu carta en la que me preguntabas por el libro de Mascha Kaléko (Tres maneras de estar sola, Inmaculada Moreno ed., Colección Poesía Universal 18, Ediciones Renacimiento, 2012). Ya lo conocía, y comprendo que te lo hayan recomendado.

Se trata de una antología de una poeta de lengua alemana. Su nombre originario fue Golda Nalka Aufen. De familia judía, nació en 1907 en Chrzanów, una localidad de la Galitzia polaca (la zona sureste del país, entonces parte de Austria-Hungría). La Gran Guerra provocó la marcha de la familia a Marburgo (1916) y dos años después a Berlín. Esta es la ciudad de su juventud y la que marca a la autora de por vida. Allí publica sus dos primeros poemarios. La llegada del III Reich, sin embargo, conlleva la prohición de su obra y finalmente su exilio en Estados Unidos, adonde marcha en 1938 con su segundo marido, el músico Chemjo Vinaver, y el único hijo que tuvieron, Steve (que nace el año anterior y muere joven, en 1968, a causa de una pancreatitis).

En Estados Unidos la poeta trabaja como traductora y como ayudante de su marido. Pero también publica, en 1945, otro libro de poesía en alemán, y a partir de 1955 hace visitas esporádicas a su querido Berlín. En 1959 Chemjo y Mascha se instalan en Jerusalén por los intereses profesionales de él, aunque ella se encuentra en una sociedad desconocida y de lengua ajena. Sigue haciendo viajes a Alemania. En Berlín y Düsseldorf se publican nuevos poemarios suyos. Finalmente, mientras regresaba de un viaje berlinés, enferma y muere en Zurich en 1975.

El libro aporta las versiones originales de los poemas seleccionados y su traducción en versos castellanos, más una breve introducción, a cargo todo ello de Inmaculada Moreno Hernández, que se ha dejado llevar en la elección por su gusto personal, pero ha buscado también representar la paleta general de colores de Kaléko. Y además de esto, Inmaculada Moreno ha vertido las poesías en auténticos poemas en español, cuidando reproducir, de una lengua a otra, el ritmo y las asociaciones de versos mediante rimas asonantes y otras calculadas repeticiones.

La antologista ha dividido el material en tres grupos temáticos: 1. “La reflexión y la ironía”, con los poemas más meditativos, a los que no falta el soslayo irónico; 2. “La nostalgia”, con los tonos más elegíacos; y 3. “Los amores”, donde se retrata a sí misma la mujer enamorada. Entre los tres bloques temáticos hay, no obstante, líneas de trasvase. Porque toda la poesía de Kaléko está transida de dos sensaciones predominantes, la nostalgia y la soledad, y está llena a la vez de sus guiños irónicos.

Los avatares de la vida de Kaleko hacen que empiece a sentir muy pronto la añoranza de la patria perdida. Pero sus nostalgias se asientan a la vez en razones más profundas: “Esta añoranza por la vieja patria / es sólo (¡quién no lo sabía ya!) / un tercio de nostalgia de la tierra / dos tercios de los años que se van”. Es el tiempo, y es el carácter mismo de la vida. Y tiene un trasfondo de diálogo y queja para con Dios: “Tú y yo, Dios querido, / sabemos ambos / que el mundo aún no estaba listo”. De esta forma, la vida no es un juego cualquiera, es algo que “se juega en soledad” (Man spielt es alleine). El “Monólogo del emigrante” lo dice todo: Ich habe manchmal Heimweh. / Ich weiβ nur nicht, wonach... (“Tengo nostalgia algunas veces / y yo no sé de qué...”).

Y por este camino, la patria verdadera de Kaleko viene a ser, en el fondo, su lengua —el alemán—, como dice Inmaculada Moreno; o incluso el amor, como dice la propia Kaléko: “Extranjera, muda en regiones extrañas, / me helé de frío en los años lúgubres. / Como patria me elegí el amor” (Zur Heimat erkor ich mir die Liebe). Y el amor se apasiona (“Para alguien”), se contradice, se queja (“Solo para voz femenina”). Pero también —como el pájaro Pihi, de una sola ala— no deja de saberse condenado a un final (Ich wuβe, daβ ein Ende so beginnt..., “Supe que algo empezaba a terminarse / y es que nunca volvemos a encontrarnos / aquello que se nos destina”). Comunica así de nuevo con la soledad y con la nostalgia: Wie umbarmherzig ist das Wort: Gewesen, “¡Qué despiadadas son las palabras «Ha sido»!” (palabras estas oportunamente finales en la antología).

La ironía está reservada por la autora con frecuencia para el final de las estrofas (“Melancolía de alguien solitario”) o de los poemas. Estos golpes finales constituyen a los más breves de ellos en auténticos epigramas de gran profundidad: “Un sabio francés dijo en una ocasión: / nadie es nunca feliz en la tierra, / se acuerda uno sólo de haberlo ya sido / y a serlo de nuevo se entrega”. Las ironías, las paradojas (Unsinn und Sinn, “Lo absurdo y el sentido”; Vorsicht – vor der Vorsicht!, “¡Precaución – ante la precaución!; Glück und Unglück, “Dicha y desdicha”) están al servicio del consejo experimentado (“A mi hijo”) o de la misma mirada melancólica (Und alles fragt, wie ich Berlin finde? / —Wie ich es finde? Ach, ich such es noch!, “Y todo me pregunta cómo encuentro Berlín / —¿Cómo la encuentro? ¡Pero si aún la busco!”).

Kaléko cuidó con detalle la forma de sus poemas: la rima, el sonido (Nichts als dich selbst kannst du darin noch sehen, “No podrás ver con él nada más que a ti mismo”, en “La luna del espejo”). Con fruto acude a recursos clásicos: la extensión del poema viene asida por oposiciones repetidas (Die Andern sind das weite Meer. / Du aber bist der Hafen, “Los otros son la mar abierta, / pero tú eres fondeadero”, Die Andern sind das bunte Meer, / Du aber bist der Hafen, “Los otros son mar de colores”...); o también por la anáfora (como la de Einmal möcht ich..., “Quisiera...”). Algunos poemas se cierran cíclicamente: —Einmal aber sollte man... (Siehe oben!), “Por una vez tendría... (¡ver arriba!)”. Y en otros ese ciclo se altera con toda intención: Die Zeit steht still. Wir sind es, die vergehen, “El tiempo está parado / somos nosotros los que transcurrimos” (...) Die Zeit steht still. Wir sind es, die enteilen, “El tiempo está parado. / Somos nosotros los que huimos”.

En fin, Lucilio, estás ante una poeta digna de lectura reposada y una estupenda antología. Terminaré mi carta como otras veces, con una cita: la de una estrofa memorable (del “Monólogo del emigrante”):

Die Nachtigallen wurden stumm,
Sahn sich nach sicherm Wohnsitz um.
Und nur die Geier schreien
Hoch über Gräberreien.

“Los ruiseñores han enmudecido,
buscan una guarida más segura,
y sólo buitres gritan
por encima de hileras de sepulcros”.

Hasta la próxima carta, mi Lucilio, no dejes de cuidar de tu salud.

3 comentarios:

Inmaculada Moreno H. dijo...

Mi más sincera admiración por el análisis profundo y acertadísimo de la poesía de Mascha Kaléko.
Muchísimas gracias

Eduardo del Pino González dijo...

Gracias a ti. ¡Qué suerte la de Kaléko al llegar al español!

Fernando de Tovar Pantin dijo...

Muy acertadas tus apreciaciones

Se ha producido un error en este gadget.