sábado, 19 de mayo de 2018

La verja de hierro




El caminante se hace al camino como un hijo a la voluntad de su padre. Al poco de iniciar la marcha los pasos se hacen continuos, a un mismo ritmo: el cuerpo los asimila, tan íntimos como el latido del pecho.

Los caminantes van en silencio, cumplen una tarea. Cerrando un poco los ojos por la fuerza incipiente del sol, reposan su mirada en la amplia extensión de la campiña. Su mirada deja entrever algo que no entenderían los ajenos a su caminar. Vuelven la mirada adelante. 

Cuando el camino va elevándose, el respirar se hace más lento y más profundo. Ya las palabras sobran. Como en noche de insomnio, se sienten solos.

Finalmente llegan a la cumbre. Se sonríen. Ahora el aire los rodea, ahora el respirar es como un vuelo. La mirada no encuentra el horizonte y a lo lejos atisba el mar y las otras tierras. En el disfrute de la jornada recorren cada balcón, cada azotea, cada calle.



Pero luego llega inevitablemente el regreso. Frente al vuelo, frente al aire, se encuentran con la verja de siempre, una verja de hierro oxidado, ese óxido de nuestro íntimo ser, de un ser para el regreso.

El camino de vuelta es ya siempre en descenso. Hablan los caminantes de cosas sin sustancia, satisfechos con el recuerdo de la subida, sin nombrarlo. Se saben partícipes en su interior de un mismo ser, de un ser para el camino.



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