sábado, 2 de febrero de 2013

Museo Sorolla



Querido Lucilio:

Siempre que voy a Madrid y tengo tiempo me acerco por el Museo Sorolla. Lo hago por recordar aquella mañana de domingo de hace ya tantos años en que lo descubrimos tú y yo. Los museos que se instalan en la que fue casa del propio autor tienen un algo especial. Es más fácil hacerse cargo de su mundo interior, de sus circunstancias vitales, de lo que hay en su obra.

Así es que en esta ocasión fui con tus sobrinos. Las calles estaban casi vacías a esa hora de la mañana dominical. Brillaba el sol. Pude dejar el coche en García de Paredes. Pero subí con ellos por la calle Miguel Ángel para que disfrutasen la amplia acera de la avenida. Iban inquietos y felices corriendo por delante de mí o por detrás.

Cuando entramos en el jardín de la casa, sin embargo, se pusieron serios. Había gente saliendo del edificio, y andaban lentamente mientras comentaban el folleto en baja voz. Otros, muy pocos, hacían cola en la entrada y musitaban casi, contagiados del deseo de silencio. Junto a la tapia había un joven ante un lienzo, pintando parte del jardín con la casa al fondo.

A mí me deslumbraron la primera vez los cuadros radiantes de luz de las playas valencianas. Y sí, me siguen resultando espléndidos, pero he ido descubriendo el valor del resto de la producción de Sorolla.

Dejé que los dos mayores se soltasen y fui paseando por las salas con la pequeña de la mano, aprovechando la ventaja de conocer la casa. Me paré ante el cuadro titulado “Trata de blancas”.






La pequeña casi se asustó. La tristeza salía del lienzo. ¿Por qué es tan triste ese tren? ¿Qué son blancas? ¿Y el rostro de la mujer mayor?

Le dije que fuésemos a buscar a sus hermanos. Estos habían recorrido ya dos veces la casa, y habían ido eligiendo cuál cuadro les gustaba más. Estaban parados ante mi favorito, “La madre”. El mismo blanco radiante de las playas en los pies de la cama. Luego, distintas tonalidades en el blanco, según entra la luz por la puerta. El centro del cuadro lo ocupa el rostro dorado del hijo, hacia el que dirige la propia madre con su mirada. Su cabello oscuro, la tez ligeramente morena, destacan entre la multitud de blancos. Y en la mano izquierda otra nota dorada aunque tenue, la del brillo de la alianza de la madre.






Los niños discutían si aquella mujer era realmente la mujer de Sorolla. Les dije que sí, y no me querían creer. Los llevé ante otra pintura de la misma mujer, que estaba en la sala que fue estudio del pintor. Cuando se dieron cuenta, mi prestigio aumentó ante los niños. Al regresar a casa contaban la mañana como si hubiera sido una aventura. Creo que a tu hermana le gustó. Mientras yo acababa la carta me decía que te diera recuerdos, y que la escribas.


2 comentarios:

Inmaculada Moreno H. dijo...

A mí también me encanta el museo Sorolla. Qué belleza hay en esta entrada, cuánta poesía.

Eduardo del Pino González dijo...

No se lo he dicho a Lucilio, pero a quien más satisfizo la visita creo que fue a su hermana. Cuando volvimos me dijo que había sido el primer día tranquilo que había tenido en Madrid!

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