lunes, 21 de enero de 2013

El Zale


Julia desea salud a su maestro Lucio:

En mi estancia en Ljubljana he coincidido con un grupo de Arquitectura y he salido varias veces con ellos: ciudad inmejorable ésta para el estudio de la obra de Joze Plecnik (que aquí pronuncian |ioye pleshnik|). A pocos arquitectos ha concedido la suerte (o los dioses, ya que Plecnik creía en ellos) caracterizar tanto a una ciudad.

Pero hubo, Lucio, un día especial. Un día de sol aprovechamos para ir al cementerio del Zale (aquí |yale|, luto, dolor), el cementerio que él diseñó para su ciudad. Conforme me acercaba al portal de columnas me impresioné y se encogía mi espíritu. Sólo se oía el crujir de las pisadas sobre la gravilla. Levanté la vista hacia la estatua. Al cruzar el arco, intuyendo las columnas a derecha e izquierda, la vista alzada encontró el cielo. Fue un momento solo, de vértigo, un salto breve.

Luego se abría el delicioso prado del camposanto. Paseamos en silencio entre los enterramientos, por los caminos, rodeados de un mar de hierba intensa, entre laureles y cipreses, hasta llegar a la tumba de Plecnik. La fragancia del campo calmaba los espíritus. Yo pensaba que allí sentiría dolor al ver el fin de aquel hombre al que tanto admiraban por su arquitectura. Pero no. En medio de la tranquilidad (ya ves, Lucio, contra mi constumbre), elevé plegarias a los Manes. Y me sentí pequeña, como cuando mi madre me hablaba de un barco y los valles Elíseos.

No sé, Lucio, cómo expresarme, pero yo creo que cuando salimos del recinto todos éramos un poco distintos, como si empezásemos algo. ¿Será posible que esto fuera lo que quiso Joze Plecnik, con su columnata del Zale? ¿Era este su legado para unos estudiantes de su obra? Al volver a nuestra residencia abrí mi códice y anoté la fecha (doce días antes de las kalendas februarias). Tomé algunos apuntes antes de bajar a la comida, para que no se me olvidaran  en adelante entre la algarabía cotidiana.

Esto escribía Julia desde el confín de la Iliria, deseando salud a Lucio. Vale.

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