domingo, 29 de diciembre de 2013

La marcha de Doña Mencía


No dejaban de salir arcones por la puerta de carros. Juan de Verzosa se paseaba de un extremo a otro de la sala superior a la puerta: se le veía cruzar la ventana a intervalos fijos.

- ¡Si serán fanfarrones estos hispanos! Mira cómo se pasea el cabrón del espía del rey.
- A saber de dónde ha robado los papeles que guarda en esos armarios.
- Su Eminencia lo sabe tan bien como yo.

Siempre había pensado Juan Verzosa que era extraño ver tantos niños alrededor de algo tan poco divertido como la marcha de un embajador. No sabía que había tantos niños en este barrio. De dónde habrán salido. Parece que alguien los hubiera convocado para entorpecer la carga, o para desatornillar sin ser vistos a la recua, o para escuchar las conversaciones. A mí me enseñaron de forma parecida, aunque yo era un poco mayor.

La fila de carrozas pasaba Palazzo Madama y los caballos comenzaban a hacer pequeños trotes por la plaza como si recordaran los que dieron sus antecesores siglos atrás. Se envalentonaban con los colores abigarrados de los jinetes, sus sombreros enormes y sus barbas cuidadas. El sol ya daba sobre las tiendas de uno de los lados y todas comenzaron a componer sus toldos. Algunas los dejaban caer, sonoros, escupiendo tierra y cerrando casi toda visión del espectáculo.

En un momento todos los empeñados en la carga de los bagajes se pusieron nerviosos, como si una misma brisa enfriase a todos. Parecía que quedaba mucho por hacer, pero ya estaba en la puerta don Luis de Requesens y le acompañaba su señora. Doña Mencía no quería cubrir su rostro, pero llevaba en la mano un pañuelo que se acercaba a veces a la boca y a la nariz, como para contener el asalto de polvo. El a pedibus sostenía un poco la cola del vestido. Don Luis y Doña Mencía avanzaron lentamente mirando a sus servidores, pero sin perder de vista a los hombrones de las tiendas, a los niños, a las damas que se habían parado en su paseo. Al llegar a la altura del prefecto de vígiles y del alcalde del Rione, hicieron una breve parada de pasos medidos. Una vez junto a la portezuela de la carroza, Don Luis se paró con su esposa y recibió la despedida de los más cercanos sirvientes.

Es bueno que un escribiente se considere entre los sirvientes más próximos al Embajador. Tengo que tomar nota hasta del olor de su mejilla en una mañana como esta. Y del parecer de los ojos de la señora, de lo que indica un silencio o una sonrisa, o una alusión sólo útil para los escribientes, para mí. No quiero perderme el momento.

Verzosa se apartaba dejando paso a otros. Se acercó a él Briceño. 

- Deje de contemplar a su Señora --le dijo con ironía.
- No piense que hago otra cosa que mi oficio --dijo serio Verzosa.
- Sin duda que no. En fin, ya se acabó esto. En media hora no quedará nadie ante esta puerta.
- Todo se acaba.
- Sí, espero que no se ponga muy triste. Ahora que se marcha la Señora mejorará su salud --volvió a la ironía.
Verzosa se giró enfadado: - ¿Por qué dice eso?
- Por las ventanas del Archivo entra un Bóreas insano... --apuntó malévolo-- y ahora que los Señores están fuera el trabajo será menos, ¿no es así?
- Para mí siempre hay el mismo trabajo, y Vd. lo sabe. No tengo tiempo de entretenerme. Ahora debo pasarme por los Trapecios antes de volver al Archivo.

El aragonés se apartó del bullicio y afirmó el paso con decisión. Ciertamente en media hora no había ya ante la puerta de carros nadie, ni carrozas, ni niños, ni damas. Verzosa volvía cabizbajo y con pinta de somnoliento. Con el embozo de la capa se protegía del primer escalofrío de la tarde. Saludó brevemente al entrar y se acercó a sus aposentos para dejar el manto y el sombrero. Se desciñó y marchó hacia la oficina del Archivo. Entró despacio y se dirigió a la mesa. Abrió un conjunto de papeles por un sitio bien conocido. Sobre la mesa caía la luz de un gran ventanal. Hacia él se dirigió para asomarase por una de sus hojas abiertas. El pasillo entre las dos casas, húmedo y sucio siempre, cogía ya en este mes algo del calor de las azoteas, y no parecía tan aletargado. Llegaban desde la plaza algunos gritos tardíos. Se sentó a la mesa y comenzó a escribir cuidadamente con su pluma sobre los papeles de la izquierda. Copiaba con la disciplina de un infante. No se oía más que el trazo de las letras sobre la trama del papel. Al poco se sintió una puerta, luego unos pasos. Las ventanas superiores del edificio de enfrente se fueron iluminando más y más. La lámpara se acercaba a ellas y se alejaba, hasta que la institutriz de los niños la dejó sobre la mesa de trabajo. A través de la cristalera se la intuía recoger los papeles y los libros, incluso se la oía cantar en falsete la dulce cantinela infantil. Verzosa dejó en suspenso la pluma y abrió un poco más la hoja entornada. Mientras miraba al otro lado de aquel pasillo, las luces de la ciudad se iban amortiguando. La pluma esperaba en silencio, atenta a la canción, sin esperanza. Se oía cómo el sirviente de Verzosa iba cerrando las ventanas de la parte alta, una tras otra, con la cadencia de cada tarde.

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