lunes, 29 de mayo de 2017

La inundación





LA INUNDACIÓN


Mejor no poder verte
en las tardes como esta, en que es presagio
el aliento crujiente de la tierra,
tardes de un cielo tan cercano y tenso
en que al alzar el rostro,
no pueden respirar los hombres altos.

Un valladar de sombras la arboleda,
el pinar hondo
pandea sus dorsales,
como si un luchador fuera a venirle.
Como manadas, como arracimados
gamos ante los fríos,
las casas se arrebujan.
Por los poros del aire
se espera la caída de algún mundo
o un beso que lo anuncie.

En las tardes como esta
prefiero yo no verte mientras llegas.
Las rocas casi tiemblan
con un gemido sordo,
y sus palmas se estiran
y anhelan la caricia.

En las tardes como esta, las copas se amurallan
al sentir tus requiebros desde la sima oscura:
un caballito enracimado,
una ballena
que sobre el torso
se voltea con gusto como el hombre
que en la cama se cambia de postura;
la raya electrizante,
los miles de escuadrones vista al frente—;
ostras con su tesoro abierto,
y abiertos en canal los arrecifes
que preciosos se entregan.

En las tardes como esta,
inesperadamente anegas todo
alrededor
y entremetes tus dedos
salados por los bronquios del bosque hasta colmarlo,
hasta colmarme.

Y entonces ya no dudo
de que has llegado y tengo
pegado hasta los nervios de los dientes
el sabor tuyo.

Y ha sido así mejor,
sin que antes lo supiera:
no haberle dado opción al pensamiento
de dar la espalda.
Bien al contrario,
aceptar la crecida atado a ti,
en el mar desbordado.

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