sábado, 4 de febrero de 2017

La Casa de Noé

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Querido Lucilio:

Cuando las aguas se retiraron, la Casa quedó sobre la montaña como un enorme cachalote que estuviese allí varado desde siempre. La primera amanecida después del diluvio anunció su presencia en el color legañoso de algunas de las piezas de sus vidrieras embarradas. Sus columnas interiores semejaban patas de un artrópodo gigante que se metieran entre la hojarasca y lo agarraran a las rocas más profundas del litoral. Entre helechos y algas, varias oquedades se abrían en su esqueleto aspirando el ozono intenso que revive el aliento de todo tras la lluvia.

Bajaron los ángeles de nuevo a habitarla. Años de sol y viento pasaron sobre ella, la secaron y aderezaron, y hombres, muchísimos, aposentaron sus casas junto a ella. Hoy del diluvio no queda casi recuerdo y tan solo una anciana enjuta habla de aquel entonces cuando todo hubo que hacerlo de nuevo, casi hasta la Casa. 

Tiene esta Casa vida propia y aquellas generaciones que se instalan en ella no acaban de comprenderla por entero. Por el día su interior se aletarga definiendo perfiles asequibles a los sentidos humanos, a lo que oyen nuestros oídos y nuestros ojos ven. Por las noches se manifiesta distinta, como es en verdad.

El primer día que me quedé en la Casa tampoco yo pude comprenderla. Al llegar la noche, el insomnio me tenía alerta, pero un insomnio que era regazo y me acunaba en silencio. Tras los primeros ruidos de su estructura me levanté: andaba despacio, las manos iban palpando las esquinas, localizaban el lugar de las luces imprescindibles y luego las apagaban, agarraban a tientas las barandas; mis pies tanteaban los escalones: veintiuno, tres tramos, ya estaba abajo.

Al fondo el débil tintineo de unas velas descubría las vidrieras. Sin poder evitarlo brotaron las lágrimas hasta arrodillar mi cuerpo y tenderlo en el suelo. Las puertas del ventanal estaban abiertas: entraba el olor de los arbustos y un viento húmedo cada vez más fuerte. Un fulgor surgió de improviso y a la vez un trueno retumbó desde el cielo hasta la panza de la Casa. Comenzó a llover.

Lo siguiente que recuerdo es ya la mañana despejada y un arco iris promisorio.

1 comentario:

Gonzalo dijo...

¡Jo! Con la carta. Me ha sobrecogido y partir del insomnio regazo, casi me he trasladado a la casa. Preciosa parábola.

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