domingo, 11 de septiembre de 2016

Otoño en Sint Lambertus



Querido Lucilio:

En esta hora del día en que en nuestra tierra el sol mengua su tenaza y los espíritus se elevan más ligeros; en que los bañistas regresan cansados y las madres empiezan a recoger a sus niños morenos entre gritos; ahora, en esta misma hora se reunirán los fieles en la antigua iglesia de Sint Lambertus.

Allí las nubes alternarán con briznas de sol que con dificultad alcanzan el recinto completo de su capilla lateral. Las gentes al entrar se descubren, sencillas, sabias: ven en la pared occidental las fotos de seres queridos que se marcharon. No hay nada lacrimógeno: una serie de rostros sonrientes sin nada especial y a la vez con algo especial cada uno.

El anciano sacerdote pronuncia las palabras de la misa como si no fueran suyas y tuvieran su propia vida, su propio tiempo. Cuando alguien --un señor trajeado, una joven negra con tejanos, un ama de casa-- suben a proclamar la palabra, esta suena igual en el mismo tiempo, como si no fuese suya ni de nadie de este mundo. El pueblo entiende y aclama serenamente. Se suceden cantos unánimes, sin estridencias, la intensidad justa, la modulación aprendida durante años de respeto.

Al finalizar la ceremonia muchos permanecen sentados unos minutos. El anciano sacerdote sale de la sacristía con una cruz en su mano, del tamaño de la palma; se acerca a la pared oriental y cuelga en ella, entre otras, la pequeña cruz de madera. Sin que nadie lo mire fijamente, varias familias sonríen cómplices. Ha sido por el último bautismo.

La nave central, entre las cruces y las fotos recordatorias, se va quedando vacía. No sé en qué momento ha habido que encender las luces. La gente se saluda en la salida. Ya a esta hora la tarde es oscura e invita a irse a casa. Las familias se dispersan con un poco de prisa, porque llovizna un poco. El anciano sacerdote apaga las luces interiores y sale el último, cerrando la puerta exterior.

Aquí a esta hora el atardecer enardece de rojos. Por las ventanas abiertas se oyen televisores, cenas que se preparan, gente que sale y entra. En la nave solitaria de Sint Lambertus un silencio compacto espera al siguiente día del otoño.

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