sábado, 11 de junio de 2016

Gibralfaro


Querido Lucilio:

Málaga es muy parecida y muy distinta a Cádiz. En las dos la misma presencia abrumadora del mar y, sin embargo, una luz muy distinta, en Cádiz más recién nacida, en Málaga más torda por la presencia atenta de las montañas. Y sobre estas Gibralfaro, el castillo. Desde sus saeteras cuando yo era casi un niño admiraba la bajada de los montes hacia ese señor del tiempo que es el mar, tan inmenso, tan azul, tan lleno de sol. En medio de todo giraba el mágico globo de la plaza de toros, un redondel que parecía revolar la ciudad a su alrededor, entre máquina y madre: la Malagueta, la Manquita.

Algunas veces he intentado guardar los folletos de los museos que visito para no perder sus sensaciones, pero los pierdo por los vaivenes de la vida. En cambio cualquier circunstancia puede traerme de nuevo las huellas que quedaron dentro como lo más mío de mí, como ahora.

En esta última visita me ha afectado especialmente el museo Picasso. Cuando yo entro en los museos (aunque sea de objetos antiguos sin más) tengo un raro sentido de salir del tiempo. Y esto se aprecia más en el Picasso, porque bajo la antigua casona palaciega de los Condes de Buenavista se han conservado y se pueden visitar restos romanos y fenicios que afloraron al preparar el edificio para museo. En cuanto me enteré bajé y volví a subir dejándome fascinar. Esa presencia arqueológica en los cimientos de una producción tan efervescente como la de Picasso da al conjunto un carácter especial que hace resaltar más la experimentación, la visión artística del autor malagueño sobre todo lo nuevo y lo viejo.

Por otra parte, una profundidad parecida, pero en otra dimensión, cobran los museos al visitarlos con Paulina (y te he de reconocer que mi mirada se está haciendo a la suya). Es como ver las piezas y el conjunto desde dentro y desde antes (antes que se reuniera la colección y antes de que creara el artista). Me he fijado en que curiosamente yo tiendo a leer las informaciones sobre las piezas antes de disfrutarlas. Ella, sin embargo, tiende a volcarse directamente en la creación desde su dentro; y luego es cuando lee, reflexiona y comparte conmigo.

Cuando subimos a Gibralfaro cambió un poco esto. Yo recorría como un soldado las barbacanas dominando de nuevo las vistas de mi infancia, mientras Paulina miraba más despacio las cosas bajo un sol torrentoso.

Al final nos reunimos y fuimos bajando lentamente hablando. Yo comprendía que Gibralfaro siempre había estado allí, que el mar me había esperado después de tantos años. Cuando yo lo miraba de niño, él me citaba para otro tiempo, el de ahora, para una contemplación juntos, rememorable en dos perfiles, completos en el abrazo ante el señor del tiempo.

2 comentarios:

Ana Marquez Vazquez dijo...

Después de leerte Málaga es más bonita. Has pensado publicar un libro con las epístolas a Lucilio?

Eduardo del Pino González dijo...

Gracias

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