sábado, 27 de febrero de 2016

Tempus fugit: Semana Santa




Querido Saulo:

Fjate que en algunos momentos me parece comprender los misterios de tus ritos como si una finísima aguja alcanzase los túetanos de mi sangre.

Estos días salgo de clase a última hora de la tarde, un momento cada vez más claro a causa de la huida del otoño, pero siempre en la frontera fría entre el sol ya ausente y la noche en ciernes. Llevo la cabeza llena de textos a los que hemos dado vueltas:

breve et irreparabile tempus /  omnibus est vitae

En el aire hay sones conocidos. Es la banda del barrio que ensaya para la Semana Santa: timbres aislados y desacordados, agudos intentos cada vez más seguros, la marcha final conjunta con acompañamiento de tambores. Y otra vez igual.

Esto es algo relativamente frecuente aquí en Andalucía. Yo estudié muchas tardes de mi carrera universitaria a un lado del río, oyendo entre los trinos de los pájaros las primeras marchas procesionales. Era la sevillana Plaza de Cuba. Se me mezclan los recuerdos de la clase:

un día puro, alegre, libre quiero

Y del vagar de mi mente me espabila el primer frío de la primavera, que recorre mi cuerpo.

Mientras ando el breve espacio hasta el garaje, cruzo por la banda que ensaya. Me asombra lo jovencísimo de los chicos; con vaqueros apretadísimos y chupas grisáceas que rematan en abundosas bufandas; con el cuerpo encongido por el frío se les oye cecear algunas palabras entre ellos; y con el pelo frecuentemente rapado cortísimo o con extravagantes crestas y adornos, agarran en una mano contra el viento la partitura. Sin sitio para sentarse, algunos apoyan la espalda y una suela en la pared. Hay también chicas, gruesas, en chándal, que se dejan caer sobre el novio como una yedra postmoderna:

la belleza caduca engañadora

No puedo evitar el regusto de las clases. Finalmente, roto casi el navío,  consigo emboscarme en la entrada del garaje. Mientras recorro el mar con mi mirada hasta el horizonte se eleva el llanto agudo de la trompeta; y otra vez y otra, como un niño inconsolable en esta noche.

un gozo breve que sin fin se llora

Me embozo cuanto puedo en mis ropas y entiendo el castigo extremo de vuestro Cristo. Hubiera bastado una gota de sangre, sí, pero no se hubiera entendido.

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