viernes, 5 de febrero de 2016

Camino de las Arenillas


Querido Lucilio:


Antiguamente estos pagos cercanos al mar eran extensiones de pinares donde se mezclaban los olores de la sal y de las resinas; y donde los caminos de arena se abrían paso y comunicaban a unas playas con otras.

Hoy día todo está ocupado por las urbanizaciones, que se llenan en verano de gentes de otros sitios y se aletargan durante el invierno, como ahora, en una forma mitigada de vivir. A veces se recuerda, en la bajada entre dos chalets, los rodrigones de un viejo camino; y algo me hace vibrar.

Atravieso cada mañana el antiguo Camino de las Arenillas; recorro esos barrios, sus nombres evocan lo que fueron: el Soto, las Redes, el Ancla, el Manantial; hasta que llego a la que fue Casa de Campo de los jesuitas. Hoy el edificio sirve como casa de ejercicios confiada al cuidado de unas monjas y un sacerdote les dice diariamente misa poco después de la amanecida.

Al tener la primera vista de la casa se me hace que fuera un gran barco varado sobre los acantilados, con una proa de maravilla llena de cristales de colores que entreveran la primera luz del sol. El sonido continuo de la fuente en el silencio de la mañana hace parecer que el sitio no dependiera de tanto transcurso del vivir.

En mis frecuentes visitas a la casa, al principio tenía la sensación de salir del mundo real para entrar en un lugar inexistente. Ahora ha cambiado mi forma de sentirlo. En el barco varado, en su proa iluminada, está lo real del mundo. Lo que hay fuera está lleno de caminos y edificios superpuestos.

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