sábado, 16 de enero de 2016

El examen


Querido Lucilio:

A veces te escribo mis cartas mientras mis alumnos hacen sus exámenes. Esta mañana, último día de la semana y a primerísima hora, no solo el aula sino todo el edificio está totalmente en silencio. Pequeñas gotas tiemblan agarradas a los cristales de las ventanas; tras ellos, como manos, agitan los árboles sus ramas y al fondo el cielo mezcla su calma gris con la de las aguas de sal. Los sonidos del tráfico están asordinados; avanzan por momentos como si fueran a arrancar el día y luego remiten por otro tiempo, yéndose y volviendo lenta, desacompasada, indiferentemente.

He pasado la vida entre las aulas y ya no sé encontrarme fuera de ellas. Cuando no enseño yo, soy yo el que aprendo; si no examino yo, soy yo el examinado. Adónde va este baile sin retorno, daría yo una vida en saberlo.

Ellos permanecen con la cabeza siempre baja, escribiendo con rapidez. Tan solo algunos la levantan ocasionalmente, estirando el cuello como para desentumecerlo. Me miran fugazmente, suben la mirada al techo, la bajan y siguen su tarea. Yo bajo también mi mirada y la aplico al ordenador. Al final se van levantando y marchando uno a uno hasta dejarme solo.

En esta encrucijada de destinos lucho por comprender el mío.

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