sábado, 19 de diciembre de 2015

La libertad interior


Sagrada Familia de Arístides Artal

Querido Lucilio:

Sentí frío al entrar en el Monasterio con Paulina. La noche ya había cerrado y se distinguía casi sólo la corriente iluminada del río y los faros de los coches que pasaban corriendo cerca de la puerta. Cuando entramos la ceremonia había empezado y el templo estaba repleto, así que tuvimos que mal cobijarnos en el último banco, junto a las endebles jambas del portal. La gente estaba en profundo silencio y se oía nada más que los cantos de las monjas, los recitados, y el contrapunto del paso de los coches -que a esa hora pienso yo que volvían a sus casas y que oíamos sobre todo los últimos. 

La pobreza y la humedad empapaban los muros. En una ósmosis peculiar me fueron acunando. Sabes que Paulina es amiga de una de esas sacerdotisas o mujeres consagradas a sus cultos y con ese motivo he ido varias veces por el sitio. Llamativamente aquel lugar destartalado atrae con perfiles de hogar. Una fuerza, aquellas mujeres; ancianas, torcidas, jóvenes de brillante piel negra, desprendidas de toda esclavitud, partícipes inmunes de la herida fresca del día a día. 

Había estado pensando en un regalo para sor María. Descubrí que es casi imposible regalar algo a quien no necesita nada. Por eso acabé decidiéndome por un libro que pudiera ser útil en su pequeña librería de meditaciones. Se titula La libertad interior.

El Monasterio de la amiga de Paulina atrae como los Nacimientos. Primero sientes un temblor en la piel, por la desnudez, las paredes solas, el desprecio de un escaso portal en el que apenas guarecerse. Pero al poco de ver al niño, y ellos en torno, te acuna un calor como rescoldo dentro del cuerpo. Yo imagino entonces la vida de aquel niño junto a sus padres en la intimidad desconocida, la libertad interior.

Con esta carta acompaño mis deseos de una Feliz Navidad para ti y para que los envíes a los demás corresponsales del escritorio.

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