miércoles, 26 de agosto de 2015

San Fernando y El Puerto


Lucio Anneo Séneca a su amigo Sexto Afranio salud:

Contesto con estas letras a las tuyas del 7 de agosto que ciertamente me emocionaron, porque yo también me he preguntado por ese lugar de las diosas que tú dices.

Yo conocí más en mi pasado la ciudad de San Fernando que la de El Puerto. Igual que esta segunda, la antigua Isla de los León (los marqueses de Cádiz) nació en torno a una bocana de mar, algo que sigue notándose. La Isla conserva todavía el antiguo puente romano sobre la corriente mareal del caño Sancti Petri, poderoso en aquella zona, después de haberse recogido como en brazos de una madre entre las casas del Zaporito y después de haberse deshecho y vuelto a hacer entre esteros y bancales. El Puerto conserva su muelle y tuvo también puente romano. En torno a aquellos pasos, caminos de ida y de vuelta al arrecife de Cádiz, se aglutinaron las primeras poblaciones de esas dos localidades. En el caso de El Puerto, de manera parecida a la de Sanlúcar, la navegación del río hasta Jerez hizo de aquel muelle un lugar de privilegio para el comercio y el tráfico de personas.

De ahí el antiguo espíritu palaciego que tú notas en el centro de El Puerto. A mí ese entresijo de calles me ha dejado un poco triste cuando lo he paseado. Porque su alma de señora se nota ausente, como si algún mago la hubiese arrancado de cada casa y aún pudieran distinguirse los rastros de las manos aferrándose. En aquellas calles estuvo Colón y en aquellos palacios se rigió la llegada y salida de las galeras, calle del Pagador, de Alquiladores. Hoy no puedo casi adivinarlo.

Yo en San Fernando recuerdo mañanas de sábado a primera hora, cuando la gente permanecía todavía dormida. El centro de la ciudad no es señorial, pero está lleno de antiguas casas pequeñas, blancas de sal relucientes, que abren los pulmones como terrazas llenas de sol.

Ahora bien, siempre que callejeo por El Puerto el cuerpo me baja hacia el río y este me lleva a los pinares hondos, al mar que se les sube de azul, al perfil de Cádiz en el horizonte, al caserío de Rota contra el sol poniente. Cuando desde un roquedal recuento en la tarde la llegada rojiza del oleaje complaciente sobre nuestras manos, te confieso, sí, mi Afranio, que se entrevé el lugar que tú buscas.

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