domingo, 30 de agosto de 2015

Natación


Lucio Anneo Séneca a Saulo de Tarso salud:

Me alegro de haberte conocido, aunque nuestro encuentro fuese tan breve. Lo que más me ha llamado la atención es cómo una pensión tan reducida como la tuya pudo resultar grata para la reunión. Al llegar a mi casa y tumbarme, daba vueltas, amigo Saulo, a las cuestiones religiosas de que se había estado hablando.

Mira, en estas fechas yo frecuento el litoral para bañarme: me lanzo con ansia sobre la superficie fresca y, en seguida, traspaso una rara frontera. El cuerpo alivia el peso de su cadena sobre el espíritu y lo deja un tanto libre. 

Nadar es un rato de estricta soledad. Cuando los movimientos del cuerpo se ondulan y acompasan, la mente entra en el mundo tan abstracto como verdadero de los sueños. Se viven los miedos; se siente el amor y el amor se añora; afloran los odios; muerden los fracasos; se acoge la compañía de los más cercanos, la de muchos, la de todos; se duelen las tragedias de los demás; se fortalece el corazón; se abre una esperanza imposible de saciar pero imprescindible.

El mar también ondula y acompasa su cuerpo y, si te dejas descansar sobre él, te mantiene sobre sus manos. El mar nada también, con su fase de agarre sobre la arena y de arrastre, y con su recobro, y vuelta a empezar. A veces el romper de las olas coincide y los segundos de recobro abren un silencio profundo. 

Verás, Saulo, tú no sabes que ya Paulina me llevó a una reunión de vuestra religión. Es verdad que yo también pienso en esas cosas, pero sólo entiendo algunas de ellas y en momentos especiales, como cuando el rodar continuo del mar respira en su recobro.

No hay comentarios:

Se ha producido un error en este gadget.