viernes, 7 de agosto de 2015

Academia de Santa Cecilia


 Sexto Afranio Burro a su amigo Lucio salud:

Me pregunto, mi querido Lucio Séneca, en qué lugar está guardada la memoria y el futuro de nuestra vida. Yo, por ejemplo, fui un jovenzuelo serio al que llevaron de viaje hasta el Puerto de Santa María, un jovenzuelo que subía por una calle para visitar la Prioral. Él no sabía entonces el nombre de la calle. Y mientras lo dirigían hacia la Plaza de Toros, entró también en un museo: el patio de una casona solariega. No sabía él entonces que volvería a aquel patio tanto tiempo después.

La Academia Santa Cecilia de El Puerto tiene su sede en ese antiguo palacio de los marqueses de Candia o Candía, donde queda una parte de los fondos del museo en torno a su patio central. En estos veranos he vuelto varias veces a ese caserón a la vez señorial y destartalado, que está lleno de rincones pintorescos; de caballetes y montones de lienzos; de muros gruesos con ventanucos imprevisibles que dan a las crestas hirsutas del caserío; de recuerdos, sobre todo, de muchas generaciones.

En el patio del antiguo palacio hace sus ensayos veraniegos José Luis Alonso de Santos, dirigiendo a algunos académicos y amigos con afición a la escena. Se trata de un genio que veranea en El Puerto e inyecta vitalidad a la serpiente sesteante de estos días de descanso; la misma vitalidad, la misma rápida visión de la escena y de sus textos, la misma pasión por la literatura que ha tenido en su vida.

Por la tarde nos vamos acercando desde diversas callejas hasta la casona. Este año la obra consiste en que algunos personajes del segundo Quijote se enteran de su reciente muerte y acuden a contar cómo lo conocieron y qué recuerdo guardan de él: Ricote y Ana Félix, Maese Pedro, los duques, Antonio Moreno, el bachiller Sansón Carrasco. Es curioso ver hasta qué punto el Quijote de Avellaneda contribuyó sin quererlo a fraguar el milagro literario de Don Quijote (porque el Quijote no sería el Quijote sin su segunda parte y esta no sería igual sin Avellaneda).

Cuando ya el sol mengüaba y se encendían focos en el patio, una de las académicas subió al escenario para hacer su representación, llena ella de los sabores de El Puerto, de sus playas y pinares, de las azoteas soleadas y de la solera de las bodegas. Cuando niña corría, arriba y abajo, por la calle Palacios (el camino principal por el que siempre se subió desde el río a la Iglesia). Ella no sabía entonces que a la vera de su calle estaría una Academia; que en su patio ella haría teatro; que un jovenzuelo serio andaría por su calle mucho después.

Al salir de los ensayos vemos que la ciudad se entreduerme oscura y sola. ¿Piensas tú, querido amigo Séneca, que de verdad hay un lugar donde las diosas van hilando nuestras coincidencias? Mientras volvemos a casa, en los refugios de luz de algunas esquinas por un momento atisbo ese lugar... y en ese ínterim lucho por vislumbrar el futuro en los cruces de las calles lejanas.

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