lunes, 13 de abril de 2015

John William Waterhouse


Cornelia a Lucio maestro suyo, salud:

¡Qué fascinación la del cuadro de John William Waterhouse! En realidad todo empieza con Pomponio Leto, que pensó que había habido una revelación primigenia de Dios de la que quedarían rastros casi en todas las culturas. Los mitos greco-romanos en vez de cuentos serían atisbos: quizás desenfocados pero intuiciones profundas. Y así Ariadna abandonada, dormida y descuidada de sus ropajes, sería símbolo del alma antes del despojo final del cuerpo. Al poco llegaría Baco y, conmovido ante su belleza doliente, se uniría a ella para llevarla consigo y divinizarla.

Ahora capto cada pincelada de esa pintura de Waterhouse, no ya sólo el colorido calculado y la disposición equilibrada, los pliegues del ropaje púrpura asomo de la última sangre, la disposición de la figura, original, con las piernas dobladas hacia el barco de Teseo. Todo cobra una más profunda lectura: la placidez del rostro, su conformidad, la piel bellísima y la quietud de los tigres que anuncian el tirso dionisíaco... o que quizás con su calma lo rememoran, si ya ha pasado el dios.

Roma, 13 de abril de 2015

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