lunes, 16 de marzo de 2015

La Cartuja


Querido Lucilio:

Esta mañana, con el tranquilo sol del sábado, salimos temprano de casa. El coche se desplazó con rapidez hacia la Sierra de San Cristóbal. En poco tiempo estábamos recorriendo las campiñas extensas, las riberas donde el río Guadalete amarraba sus barcazas, las laderas que en otro tiempo lamió el agua recurrente, ancha y poderosa del mar. Paulina me había pedido que la acompañara a La Cartuja.

¡Qué expansión del espíritu con el silencio! Silencio del campo, con el susurro de la brisa sobre las plantas. Luego el atrio. Una portada más majestuosa de lo que esperaba. En medio de las tierras de labor. Luego el templo. Al fondo las imágenes principales, aunque con una sencillez desconocida, y, entre ellas, la Eucaristía, atravesada de tenue luz entre las sombras. Ante el altar las monjas, todas ellas veladas.

Nos introdujimos en la parte trasera de la nave, separada del lugar sagrado por un arco. Había pequeñas bancas y algunos otros sentados en ellas, o por el suelo. Las monjas veladas elevaban un canto de adoración en el que intercalaban breves plegarias, de agradecimiento, de petición, de consuelo: Padre de toda misericordia.

Rapidísimo pasó el tiempo. Avisé a Paulina, que estaba arrodillada e imbuida del todo en el fluir del canto.

En el camino de ida hablamos de muchas cosas; en el regreso, de lo que habíamos vivido, Padre de toda misericordia.

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