lunes, 2 de febrero de 2015

Horacio, al que no comprenden




Querido Lucilio:

Asombra constatar una vez y otra cómo la escritura de Horacio ha rebotado a lo largo de los siglos hasta nuestros días. Viene esto a cuento porque el profesor Ignacio J. García Pinilla y yo estamos ya por fin terminando (si los dioses no dejan de favorecernos) el trabajo sobre los poemas que escribió en nuestra lengua latina Juan Páez de Castro. Este fue un hispano muy curioso que nació sobre 1510 cerca de Complutum (en un pueblecito casi desconocido del valle del río Henares llamado Quer) y que murió en el mismo lugar en 1570. Entre esos años llegó a ser uno de los mayores eruditos sobre el mundo clásico, fue secretario del embajador imperial en Trento, vivió en la Urbe como bibliotecario y fue cronista y capellán real en la corte de Bruselas. Sin embargo apenas publicó nada y pasó casi los últimos diez años de su vida recluido en su pequeña localidad natal.

Es muy posible que su reclusión de diez años tuviera que ver con la disidencia. Aunque no pienso que este sacerdote culto y tan viajado fuera un hereje ni mucho menos, en aquellos años sin embargo la inteligencia y el matizar las cosas se pagaban y me parece que él tuvo que pagar con el apartamiento. Por otra parte creo también que su carácter era muy dado a la tranquilidad del retiro, que se pasó continuando sus estudios y manteniendo su correspondencia.

Era aficionado a la poesía. Cuando uno estudia mucho a uno de estos personajes acaba casi adivinando cómo eran sus gestos domésticos y el olor de sus ropas.Yo lo imagino cuando regresaba a casa tras caer el sol y dejar cumplidas sus tareas, garabateando versos en latín (él no lo hablaba pero lo conocía bien y era el de más prestigio). Le preparaban mientras la cena y él se distraía con aquello como nosotros hoy día con al telediario. No parece que nunca quisiera publicarlo, pero muchos de aquellos papeles se han conservado y por su carácter de borradores ofrecen casi más interés que si fueran textos acabados, porque nos permiten conocer al autor en su más íntimo ser, con sus dudas, sus fallos y sus sentimientos más ocultos.

En general se trata de poemas de ocasión con muchos lugares comunes. Pero tienen momentos en que transmiten auténtica emoción. Hoy te recojo este pasaje de una epístola de cuño horaciano que escribió siendo joven en Roma y dedicó a su buen amigo Alessandro Piccolomini. El hispano rechazaba estar pendiente de las diatribas literarias y del enfrentamiento del papa y el emperador. Prefería en cambio lo siguiente:


(...) At potero securus longe alias res
Tecum agere et tacitae quae sit bona semita vitae
Disquiram ignotus vulgo parvoque beatus,
Integer et vitae nullique incommodus. Horae
Pendulus haud angar vitalis: maxime rerum
Iuppiter!, ut libuit vitam dare, sic pete quando
Sit tibi collibitum. Interea et nobis placeant quae
Iam quondam placuere bonis et per nemus, amnes,
Obstreperi sylvis reptemus cumque libellis
Non intellecti fallamus tempora Flacci.

(...) En cambio, podré tratar tarnquilo contigo de otros asuntos
largamente y buscaré cuál es la senda de una vida callada,
desconocido para el vulgo y feliz con poco,
y con vida intachable y molesto para nadie. No me angustiaré,
pendiente del paso de la vida. ¡Júpiter!, el más grande de todo,
así como tú quisiste darme la vida, pídemela
cuando te plazca. Mientras tanto, disfrutemos con lo que ya en el pasado
los buenos disfrutaron y a través de arboledas, ríos, recorramos
parlanchines los bosques y pasemos el tiempo con los libros
de Horacio, al que no comprenden.

Puedes introducir, Lucilio, el fragmento en el escritorio. La disposición gráfica de las líneas pretende reproducir simplemente a ese nivel, el gráfico, la ordenación del texto original, pero no son versos castellanos. Quédate bien con esas fórmulas que a mí me parecen sentidas por el autor, o que él sabe hacernos sentir: parvo beatus, integer et vitae, horae non pendulus. Son un ideal tan difícil como digno de nosotros. Por eso Horacio, al que no comprenden.

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