viernes, 13 de febrero de 2015

Ave verum corpus natum / e Maria virgine / vere passum immolatum / in cruce pro homine




Querido Lucilio:

Ha coincidido recientemente el fallecimiento de las madres de dos personas cercanas. La primera fue la madre de una amiga de Paulina. Le envié un mensaje de pésame y su respuesta fue dolida, pero añadía: "han sido unos días bonitos, muy bonitos". Al parecer, la agonía duró y ella pudo estar junto a su madre acompañándola paso a paso en aquel camino. Yo la imagino hablándole al oído... En muchos casos el moribundo parece inconsciente, pero sí que siente y puede oír.

En el segundo caso se ha tratado de la muerte de la madre de un amigo mío. También le envié un mensaje y él se manifestaba cansado pero a la vez feliz. Luego asistí a la misa de funeral y al entierro, y comprendí esas aparentes paradojas.

La ceremonia me resultó conmovedora, por lo cuidado de todo: el perfume del incienso (que ya el pueblo casi solo aspira en Semana Santa, en la calle y entre bocadillos y latas de cerveza); el agua bendita (que entronca con las lustrationes seculares precristianas); las vestes y los gestos de los ministros; el canto exacto del Ave Maria y del Ave verum...

La muerte es esa asignatura que todos hemos de cursar. Envidio a esas madres. En las horas del agotamiento, del cuerpo embotado por el dolor y los analgésicos, de la semi-inconsciencia del estertor, han tenido seres queridos que les hablaran al oído con cariño y les recordaran tanto bueno de su vida y les aliviaran el trance y quizás les repitieran aquellas oraciones de su infancia. Y envidio a mis amigos: han sabido ordenar sus vidas para acompañar así a sus seres queridos. En el caso de mis amigos era de esperar, porque son personas sacrificadas y generosas. Esto quisiera yo para mí, para Paulina, para nuestras familias.

Paulina --tú conoces su fe en el Dios de los cristianos-- dice que en esta vida el espíritu está como sometido a las disposiciones corporales. Pero que cuando morimos, esta vida no se acaba sino que se transforma. Y que en algún momento la situación será al revés, tendremos un cuerpo pero distinto, sometido él a la levedad del espíritu.

Perdona la dispersión de mis ideas en la carta, pero se me van viniendo unas y otras, y unos recuerdos y otros. Muchas personas se manifiestan muy convencidas de no tener ningún miedo a morir: sí al dolor pero no a desaparecer. Yo no creo en eso. Yo sí tengo miedo a morir, y también a morir solo. Quizás ellos lo dicen porque no han estado realmente nunca en trance de morir. Yo sí lo he estado, tú lo sabes, y puedo certificar que se siente un pánico terrible. Incluso las personas muy santas pasan por esa prueba, porque es lo normal en nuestra naturaleza.

Se me viene también a la cabeza la carta que me escribió Julia después de visitar hace ya tiempo el cementerio de Ljubljana diseñado por Jose Plecnik. Luego me ha dicho que aquello la ayudó a comprender que la muerte debe de ser eso: como un trance, un momento malo que hay que pasar para llegar a otro, que ella pide a los dioses que sea mejor.

Se muere como se vive, se dice también. No es buena conseja vivir siempre pensando en la muerte, pero sí organizar la vida sabiendo que hay que cursar esa asignatura y que el examen no tiene fecha fija, ni siquiera sabemos su fecha hasta que llega.

Que la tierra sea leve, sí, que descansen en paz las madres de mis amigos.

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