miércoles, 28 de enero de 2015

Los Molinos de Santa Lucía



 Querido Lucilio:

No he sido nunca escalador de paredes empinadas, aunque en mi juventud subí montañas no pequeñas y supe lo que es el ráppel en entornos privilegiados. Una de las vistas de las que guardo mejor recuerdo es la de Segovia y su Alcázar desde Cuatro Picos. Ese no sentir a mi alrededor ningún mirador más alto, más que darme vértigo, me sobrecoge con un asaltode ingravidez y vuelo.

He reflexionado varias veces sobre esta atracción por las alturas y la amplitud de las vistas. El pasado domingo visité con Paulina una colina nueva para mí: Los Molinos de Santa Lucía.





Se trata de un pago no poco curioso, una de las elevaciones del terreno que rodean la montaña sobre la que se asienta Vejer. En lo alto de Santa Lucía hay un manantial de agua que desborda a lo largo de la pendiente en varias cascadas y acaba vertiendo en el río Barbate, ese racimo de agua bajo Vejer, buscando ya la playa. Según cuentan, los mismos romanos hicieron varias arcadas de acueducto y pocetas para llevar agua a la parte de Vejer y sobre esas construcciones se hicieron arreglos en tiempos modernos aprovechando las caídas del agua en las pocetas para levantar varios molinos. Entre las cascadas se ven hoy, tiradas y medio rotas, las piedras de moler.




Paulina me acompañó en la subida, interesada relativamente en aquellas cosas que a mí me parecían tan curiosas. Aunque el desnivel no era grande, el jadeo de la respiración delataba las dificultades del terreno y la carencia, ¡ay!, de forma física. 

Este es, mi Lucilio (lo recordé entonces con ella), parte del atractivo de las alturas: el esfuerzo de la subida. La vista desde arriba compensa el esfuerzo empleado. A mayor altura más esfuerzo y a mayor esfuerzo más disfrute de la altura.

Pero teniendo en cuenta tu edad, joven estudioso, te añado un matiz: no hay una relación directamente proporcional en ambos sentidos entre valor y esfuerzo. Todo lo valioso cuesta, sin duda; pero no todo lo que cuesta vale la pena. Tenlo en cuenta porque a tu edad cualquier desafío incita al empuje. El esfuerzo en sí no es nada y en la vida no todo se rige por la ley del esfuerzo. Así lo comprendía mientras bajaba con Paulina. Nuestro premio, en el caso del pasado domingo, fue Vejer agazapado como un felino sobre la montaña.



1 comentario:

Un vejeriego dijo...

Muchas gracias por la publicación y por la descripción tan sencilla y deliciosa, que hace de la aldea, de Santa Lucía en Vejer de la Frontera.

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