lunes, 19 de mayo de 2014

Lezioni romane: Páez de Castro y Roma


Querido Lucilio:

Un examen de mis alumnos me permite escribirte mientras ellos hacen su tarea. He podido leer a Paulina el texto de las clases que daré en Roma, algo que ha sido muy útil. Cuando uno ha trabajado mucho sobre una cuestión, difícilmente puede verla con perspectiva.

Sabes que hablaré de Juan Páez de Castro, autor en el que me introdujo el profesor García Pinilla. Páez vivió en Roma unos años como bibliotecario del cardenal de Burgos. Es fácil imaginarlo al tanto de los libreros y de otros bibliotecarios como él, interesado en el tráfico de manuscritos y libros; y también al tanto de la gente que escribía en aquella ciudad, tanto en las lenguas vernáculas como en latín. Casi lo veo dirigiéndose con Flaminio a las reuniones más allá del Tíber.

Hombre de no mucho hablar, en las tertulias se sentaba retirado de la primera fila. Todas las noches había alguno que leía una composición, propia o ajena, no siempre en verso. Y él también quería emular a los maestros, muchas veces en versos irónicos de una agudeza finísima, e incluso con versos de amor dirigidos a mujeres prototípicas.

Él lo había visto hacer y lo hacía también: sacaba un folio y hacía copia de lo que más le había gustado. Nninguno de ellos copiaba de otro si molestaba al autor, pero la mayoría de los escritores se sentía halagada y desconfiaban de una publicación próxima: así que incluso hacían circular el original.

Muchas de aquellas composiciones fueron luego publicadas con modificaciones diversas. Es interesantísimo ver qué cambios introdujeron los autores en sus poemas al prepararlos para publicación. Muchos son rectificación de errores o mejoras estilísticas. Pero Franchini, por ejemplo, suprimió toda una estrofa porque era excesivamente laudatoria para Carlos V (su padrino el cardenal Farnese se había enfrentado con el emperador despueś de la toma de Parma).

Todo esto es muy interesante sobre todo para estudiosos de la Filología, como serán mis alumnos. Pero I. no podía quedarse en ese aspecto. Y llevaba razón, porque la Filología es mucho más. ¿Por qué copió Páez esos textos y no otros? Porque le gustaban, evidentemente. Sí, pero  por qué era ese su gusto. Le gustaban tópicos como el "beatus ille" y los "loci amoeni". Sí, pero tanta alabanza de aldea, ¿no tenía que ver con un gran menosprecio de corte?

La verdad es que a Páez le hastiaba la corte, en particular aquella de Roma. Por eso no es de extrañar que copiara un escrito en el que un eclesiástico tan elevado como el nuncio Della Casa mostraba la vida disoluta a que él mismo había llegado en Roma, justamente la ciudad que se preciaba de ser el centro de la cristiandad. Junto con este copió también aquel otro escrito en el que el mismo Della Casa advertía a su sobrino que fuera un sacerdote humilde y sobrio. Desde luego, los dos textos, puestos frente a frente, constituyen hoy día un dístico paradójico cargado de sentido.

Páez conoció un cónclave en Roma, el de 1549-1550, que duró cuatro meses a causa de los intereses políticos. El cardenal Pole fue uno de los candidatos más queridos, como en varios cónclaves del siglo. Salviati, que era cardenal vicedecano, estuvo a punto de ser elegido, pero fue vetado por Carlos V. El poeta Lilio Gregorio Giraldi de Ferrara escribió un poema apoyando precisamente la elección de Salviati. ¿No es llamativo que Páez tuviese una copia de ese poema? ¿Si Giraldi era anciano y estaba en Ferrara, quién dio ese texto a Páez? ¿Sería su padrino el cardenal de Burgos que estaba en el cónclave? ¿O sería el propio cardenal vetado, Salviati? ¿Es casualidad que Páez de Castro escribiera también en favor del cardenal Pole y criticando ese mismo cónclave? ¿Qué pasó con el poema de Giraldi que quedó sin publicarse, inédito hasta nuestros días?

La corte de los primeros años de Felipe II, en la que vivió Páez después de Roma, estaba abierta al erasmismo. Luego la corte se trasladó a España y esto cambió totalmente. Entonces vino el retiro de Páez de Castro a su pequeña localidad natal, un retiro que duró ya hasta su muerte diez años después. Al hombre poco hablador que siempre fue, no le costaría demasiado acostumbrarse a su pequeña casa de Quer. En los primeros años hacía gran esfuerzo por mantener el contacto y estar al tanto del mundo que había conocido. Luego, en los años de la madurez se fue centrando en la revisión de obras y en la lectura de la Biblia. Hizo siempre grandes esfuerzos por tener toda la biblioteca ordenada de forma que pudiera ser trasladada sin gran merma. Allí quedaban sus papeles romanos, las copias que había hecho y que retrataban tan bien el "teatro del mundo" en que había vivido.

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