domingo, 30 de marzo de 2014

El Gran Hotel Budapest




Querido Lucilio:

Te escribo para hablarte de la última película de Wes Anderson, El Gran Hotel Budapest. A mis alumnos les digo con frecuencia que la inteligencia atrae a los hombres de por sí, el saber por saber, el disfrutar con lo bien construido por la mente de otros. Y esto hay en esta originalísima comedia.

Una de las claves de la "viralidad" de los mensajes en internet está en el uso adecuado de las técnicas narratológicas. Hay pocas cosas que nos atraigan más que una historia bien contada. Wes Anderson quiere hacer aquí un homenaje a las novelas de Stefan Zweig. Una joven innominada va a visitar la tumba del autor de una novela que la ha conmovido: "El Gran Hotel Budapest". Rápidamente nos vemos llevados en el pasado al estudio de su autor que, a pesar de las bromas de su hijo pequeño, nos cuenta que la mayoría de las historias que él ha escrito le han venido dadas por otros. En este caso fue el señor Moustafa, dueño de un fastuoso pero decadente hotel centroeuropeo, el que le contó su historia a lo largo de una cena. La narración es el recuerdo del niño Zero Moustafa, botones del hotel ahijado por el peculiarísimo conserje Monseieur Gustave. Este par de padre e hijo, o de mentor y ahijado, parece tener un papel especial en el cine de Anderson.

El argumento reside en el asesinato de una rica clienta del hotel y en la herencia de una de sus piezas artísticas más cotizadas. Y aunque no es lo principal de la película, tiene un protagonismo conveniente que no deja de intrigar y sustenta todo lo demás.

La perspectiva narradora del niño a través del tiempo contribuye al ambiente fantasmagórico de todo el film, que se apoya en el escenario y los personajes. El escenario principal es el hotel, situado en un país imaginario, pero por el que pasan los acontecimientos principales de la historia del continente en el pasado siglo. Los planos están milimétricamente pensados, llenos de detalles y de colores de tono pastel. La sucesión tan rápida de planos tan ricos coincide con el ritmo rápido de la narración, aunque puede llegar a resultar un tanto cansado. Es demasiado lo que pasa ante nuestros ojos en tan poco tiempo.

Y el escenario es ideal para los personajes principales, todos excéntricos hasta la irrealidad, pero que consiguen despertar el humor e incluso la simpatía. Aparece el amor (el de Zero y Agatha), la muerte, y otros temas mayores, pero todos tratados con algún escorzo peculiar.

Peculiar sin duda este último trabajo de Wes Anderson, como son todos los suyos, pero magnífica comedia.

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