lunes, 25 de noviembre de 2013

Comunicación y gestión de la información



Querido Lucilio:

El ver llegar todos los años alumnos en la flor de la edad provoca una extraña sensación de intemporalidad en los profesores. Debe de ser por eso que me parece que fue ayer cuando yo entraba en un aula inmensa con cientos de compañeros y me disponía a escuchar una conferencia de una hora de duración sobre un texto de la historia del derecho en la Edad Media, impartida por José Martínez Gijón, catedrático de la materia. Nos examinábamos de Selectividad para entrar en la Universidad, y aquella prueba concreta consistía en tomar apuntes de la conferencia (y no recuerdo si se entregaban luego los mismos apuntes o se elaboraba por escrito la conferencia).

 Ya no existe esa prueba en la Selectividad y ha pasado mucho tiempo desde entonces. Me doy cuenta conforme veo la poca costumbre de tomar apuntes que tienen mis alumnos. Y creo que tiene que ver con internet. Fue Marshal Mc. Luhan (que conoció la televisión pero no internet) quien avisó de que los medios de comunicación no son meros cauces de información; son más bien un molde al que se ajustan tanto la información como nuestra mente. Él predijo que la revolución tecnológica acabaría afectando a nuestra forma de aprender, de estudiar, de entender. La especie humana ha pasado por varios procesos como este: la invención de la escritura, del códice, de la imprenta.

En la red virtual a que ha dado lugar la cibernética, la información disponible se ha multiplicado casi al infinito. Se ha multiplicado en extensión, pero no en intensidad ni en calidad. Nunca han estado disponibles tan rápidamente tantos textos, pero nunca habían sido leídos hasta ahora con tanta superficialidad. El hipertexto y las posibilidades de interacción de la web 2.0 abren muchas posibilidades. Pero a su vez son las principales responsables de la rapidez e inconsistencia de la tarea lectora. Curiosamente, al hombre que navega en internet le resulta cada vez más costoso leer sosegadamente largos textos, y menos si son sobre cuestiones abstractas o no vienen acompañados de ilustraciones y otros apoyos.

Y lo mismo ocurre con la escritura. Nunca hubo tanta facilidad para escribir, pero cada vez es más difícil para nuestros alumnos elaborar con precisión y rapidez textos escritos (y menos todavía a mano). La ortografía y la puntuación, la misma caligrafía, pierden valor en un mundo de lectores digitales acostumbrados a interacciones banales "on-line".

Esto detectó en sí mismo Nicholas Carr: que cada vez le costaba más concentrarse en la lectura reposada de libros. Pensó que el origen de aquello estaba en la forma dispersa en que le llegaba la información en internet. Tanto es así que se fue a vivir fuera de "cobertura" para no perder su hábito de lectura y reflexión. Nosotros, Lucilio, no tendremos que hacer lo mismo, pero debemos empezar a pensar en esta cuestión.
Durante mucho tiempo nos han presentado el adelanto y la calidad en educación con unas imágenes de aulas llenas de ordenadores y con la extensión de las pizarras virtuales. Y sin embargo estamos olvidando lo principal, lo que siempre fue importante: la lectura personal de libros completos.

Lo peor de todo esto viene anunciado por Maryanne Wolf, profesora de la Universidad de Boston: los lectores superficiales no están acostumbrados a la reflexión, a profundizar, y, por tanto, son menos críticos y más manipulables. Paradójicamente, a base de redes y bases de datos, el mundo más abiero, internet, podría revertir en la más estrecha manipulación.

Me dirás, Lucilio, que las nuevas tecnologías de la información son un gran adelanto para la humanidad. Y llevas razón. Nadie con inteligencia podría negarlo. Pero en esto como en todo es importante la moderación. Es cierto que después de internet las clases que damos los profesores están en proceso de cambio. Las exposiciones magistrales y la toma de apuntes no tienen sentido como regla general y deben estar bien justificadas. Pero sería un error desecharlas. Ya solo el ejercicio de atención que suponen merece la pena. Es cierto que la enseñanza virtual es un gran adelanto. Pero sería equivocado pasar todo y siempre (metodología, actividades, evaluación) al formato digital.

Algunos se asombran, Lucilio, de que una asignatura titulada “Comunicación y gestión de la información” sea impartida por un profesor de letras clásicas. Yo siempre he defendido que la formación que recibimos en nuestras tradicionales Facultades de Filología (o antes de Filosofía y Letras) nos capacitó para gestionar este tipo de contenidos con versatilidad y no menor profundidad. Y esa fue precisamente una de las claves de la calidad de aquella educación. Pero es que además las letras clásicas y las materias similares se revelan imprescindibles en el momento de cambio. Ellas han protagonizado la lectura sosegada de cientos de generaciones, ellas pueden dar peso y profundidad a nuestras lecturas, ellas mejor que pocos otros ejercicios serán útiles para nuestras mentes en el mundo cambiante y fragmentario de la era digital.

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