domingo, 14 de julio de 2013

Carpe diem, etiam aestivalem

  

Querido Lucilio:

Te escribo sabiendo que estás a punto de iniciar tu viaje de regreso, pero me ha llamado la atención algo de lo que me dices: no pasarás por tu antigua Facultad porque la imaginas silenciosa y dormida en medio del estío; no quieres despertar la nostalgia; no quieres sentir ese vértigo, el paso del tiempo. Te equivocas.

Para empezar, verás que el aspecto de tu Facultad en julio es distinto del que te esperas. El clima veraniego no es incompatible con el aprovechamiento del tiempo ni con la cultura. A eso contribuyen principalmente los Cursos de Verano y el Centro Superior de Lenguas Modernas. El Centro de Lenguas es una gran cosa. Se enseñan no sólo los idiomas más habituales (inglés, francés, alemán, italiano) adaptados en su currículum al marco común europeo, sino también idiomas de reciente interés como el ruso o el japonés. También se enseña español para los numerosos alumnos extranjeros que eligen esta última Hesperia para realizar algunos de sus estudios.

Es relativamente frecuente encontrar, en medio de un patio o en un distribuidor que sea amplio, alumnos agrupados, en diversísimos asientos, en torno a un joven profesor o profesora. Dan impresión de divertirse. Están plenamente concentrados en su diversión (excúsame el oxímoron), y por eso ni siquiera reparan en los otros alumnos que recorren el edificio para gestiones de actas y similares, ni en los profesores veteranos que los miramos con un punto de asombro (y quizás un puntino de envidia).

Son alumnos del Centro de Lenguas. Hacen unos cursos intensivos que les permiten, en medio del remanso de julio, alcanzar en no mucho tiempo un nivel más alto de la lengua que estén estudiando. El resultado es bastante bueno. Los que empiezan están hablando y escribiendo en esa lengua en muy poco tiempo, lo que para muchos es forma rápida de adquirir como propias las estructuras sintácticas. Las clases son todas en la lengua que se estudia, con lo que el vocabulario se aprende en vivo y se retiene mejor. Los profesores tienen como lengua materna la lengua que enseñan; y, si no, la hablan con la misma fluidez y competencia. Así el entorno del aprendizaje se asimila un tanto al de la maravillosa adquisición de la lengua por los niños. En los primeros cursos las lecturas no son literarias, pero están graduadas en dificultad y conectadas con los intereses más cercanos de estos alumnos incipientes (internet, la prensa, el deporte, el cine, la televisión). La mayor parte aprende y se queda con un buen sabor de boca, que es la manera mejor de que añore saber más del idioma, y de su cultura escrita y no escrita.

Conforme veo a estos jóvenes pienso en tu antiguo paso por mis clases. Te recuerdo bien en aquellas horas en que el reloj vital sólo mira en una dirección. Me parece que recorremos la vida cultivando un jardín infinito. Según sembramos recogemos. Y sembrar es no dejar sin más correr el tiempo. No lo dejarás correr aquí si tienes un motivo para ceñirte. Y entonces no te dará vértigo comprender que el tiempo pasó y sigue pasando. Sobre ese paso hay cosas que permanecen. Te pareceré un profe sabelotodo, pero la experiencia me dice que sembrar es justamente dar. Y dar con amor es llave de la alegría. No aprenderás esto en aulas ni en bibliotecas, pero te será muy útil en ellas, y en todos sitios.

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