domingo, 14 de abril de 2013

Nader y Simin: una separación





                Lucilio a su maestro salud:

Mi querido maestro, la película de “Nader y Simin: historia de una separación” la vimos en el seminario de Antropología. Está ambientada en el Irán contemporáneo (2011). Nader trabaja en un banco y Simin es profesora. Están bien instalados y quieren salir de su país para mejorar la formación de su hija.

El drama comienza porque, cuando llega el momento, Nader (Peyman Moaadi) no quiere marcharse. Su padre tiene alzheimer, ha ido empeorando y quiere quedarse para cuidarlo. Simin (Leila Hatami) no lo considera justo, pide el divorcio y llevarse a su hija consigo. Pero el juez solo concede el divorcio y la tutela si hay acuerdo entre ellos. Así que Simin se instala en casa de su madre y Termeh, la niña, decide quedarse con su padre (evitando así que su madre se vaya del país, pues sabe que no se iría sin ella).

La situación dramática llega al espectador sobre todo por el trabajo de la cámara. que sabe transmitir la angustia y ponernos en la perspectiva de cada uno de los personajes. Muy buenos son los primeros planos y el plano corto (como el del comienzo de la obra). Resulta brillante la escena en la que ella recoge sus cosas para marcharse, a la vez que Nader contrata a una mujer para que le ayude en el cuidado de su padre, todo bajo la melancólica mirada de Termeh. La disposición de la casa en torno a un patio permite un juego ingenioso con los reflejos en las ventanas y las vistas de la casa a través de los cristales.

Una vez planteado el problema, el nudo se enreda a raíz de un accidente. Razieh, la cuidadora, está embarazada de cinco meses. Un día deja solo en la casa al anciano para ir al médico. Cuando vuelve Nader discute con ella. Él piensa además que ha cogido dinero de una habitación. En la discusión Nader acaba por empujar a la mujer fuera de su casa.

En el momento en que Razieh llama por teléfono para preguntar si lavar al anciano le va a “contar como pecado” comprendemos que Asghar Farhadi (director y guionista) plantea su trabajo en torno a cuestiones como la mentira y sus consecuencias, el honor y la soberbia, las heridas del amor propio, la capacidad de perdonar. Por ejemplo, Razieh no duda en llamar varias veces a sus autoridades religiosas para ver hasta dónde puede llegar sin que le cuente como pecado. Pero como paradoja frente a esa rigidez de preceptos externos, es ella la que peor actúa y enreda a los demás. Por otra parte, una supuesta defensa de la dignidad por parte de los dos maridos impide que se resuelva el conflicto y que acabe la separación de los esposos. Pero el espectador comprende claramente que esa dignidad no tiene que ver con la virtud ni con el amor. 

El final no queda cerrado del todo (interesa mostrar la crueldad del orgullo), pero nos regala los últimos primeros planos de la niña Termeh. A través de ellos se adivina la posible solución.

Sic Lucilius scribebam a.d. XVIII Kal. Maias.



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