domingo, 17 de febrero de 2013

Fugit tempus: Una ilusión epistolar


Marco Anneo Séneca a su hijo Lucio, salud:

Si tú estás bien, yo no puedo menos que estarlo, y mejorarme de las dolencias que la mucha edad me va procurando. Me alegró como no te imaginas recibir la caja de correo con tus cartas. Incluso me alegro del calor excesivo -según dices- que estás sufriendo. Fuiste tú el que te empeñaste en viajar a Egipto como si Roma o Atenas no bastaran para educar a un orador.

En cuanto a tus reflexiones sobre nuestro Virgilio, y las discusiones que mantienes con los supuestos sabios de allí, te diré lo que pienso. La expresión de la que parte todo parece ser aquel tempus fugit que escribió Virgilio. Ya sabes que esas dos palabras pertenecen a un pasaje del tercero de los cuatro libros sobre agricultura y ganadería que escribió el mantuano:

Sed fugit interea, fugit inreparabile tempus,
singula dum capti circumvectamur amore.
Hoc satis armentis: superat pars altera curae,
lanigeros agitare greges hirtasque capellas.

Pero huye mientras tanto, huye el tiempo sin remedio,
mientras cautivos por el amor damos vueltas a cada punto.
Esto basta sobre el ganado mayor: queda la segunda parte de mi trabajo,
tratar de los rebaños lanudos y de las cabrillas hirsutas.

Si nos atenemos al significado literal de este pasaje, lo que dice el autor es que se ha entretenido describiendo cómo el amor afecta a todos los seres; que se da cuenta, sin embargo, de que el tiempo pasa mientras trata el tema con tanto detalle; que no podrá recuperar ese tiempo y que, en cambio, le queda todavía la otra parte de su libro tercero, la que tratará sobre el ganado lanar.

Me dices que conociendo al adusto Virgilio Maro, los dos versos primeros parecen  cargados de connotación. Sí, es verdad que hemos visto vibrar al autor en la primera parte del libro con el caballo joven y la fogosa yeguada. Cuesta trabajo, desde luego, pensar que el autor de las Églogas, un segundo Teócrito, se reduzca ahora a describir en sus libros cómo tratar el campo y los ganados. Está claro que cada vez que habla del tiempo o del amor en ese contexto rústico parece estar hablando para un mundo más amplio que el de los sembrados.

No sé. Quizás en un futuro se continúe extendiendo la expresión tempus fugit sin relacionarla con este contexto.

En la escuela estudiamos que el final de los cuatro libros de Geórgicas fue dedicado por Virgilio a Cornelio Galo, y que, cuando éste cayó en desgracia, el poeta cambió el final introduciendo el mito de Orfeo y Eurídice (un descenso al mundo inferior con regreso) en relación con el de Aristeo, cuyas abejas renacen del cadáver de un buey (creencia esta de rústicos, pero muy extendida entre latinos).

De manera que los retóricos de allí te dicen que quizás el elogio de Cornelio Galo no existió. Que, en cualquier caso, este final mitológico trata del resurgir de la vida, y que está muy bien pensado (después de haber dedicado un libro a las industriosas y simpáticas abejas) como contrapunto a los mortíferos remates de los libros primero (la muerte de César) y tercero (la peste del Nórico). Y de aquí, claro, pasan a sumar a Virgilio a su causa, y a hacer de él el primero de los romanos devotos de Isis y de los misterios órficos.

Es excesivo, ¡un delirio de esas mentes iletradas! No me extraña que los pudiera embaucar Cleopatra, una mujer. Pero no discutiré de esto contigo. Ya soy bastante mayor como para discutir con un impulsivo joven. A quien favorece todo esto, desde luego, es a Virgilio. Esta forma de poemas abiertos a interpretaciones puede ser una garantía de pervivencia: se convierten en leyendas y casi deifican a sus autores. De mí, sin embargo, probablemente, la posteridad sólo recuerde mis discursos y, a pesar de mis libros de Historia, me llame Séneca "el retórico".

Date prisa en volver a Roma. Ya estoy mayor y quiero conocer tu regreso. Serás bien recibido, siempre que dejes allí a Isis, Osiris y Serapis sembrando el fértil valle del Nilo.

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