jueves, 3 de enero de 2013

Carta de año nuevo

















Querido Lucilio:

Tus reflexiones con motivo del cambio de año, sobre el tiempo, la búsqueda del placer, los errores cometidos, me han llenado de nostalgias, de recuerdos, de compasión.

Escribes agradecido a los dioses, sin duda, por este tiempo transcurrido, y en especial a Minerva, quien más de cerca sigue tus pasos. Ellos te permitieron conocer cosas nuevas, lugares, personas; reencuentros con antiguos amigos, descubrimiento de otros nuevos. Recuerdo con qué ilusión retomaste en la sierra las tablillas con tus escritos. Y me parece que te estoy viendo, tan joven, en la tiburtina Villa d’Este, que apenas podía yo con mi cojera seguirte entre los jardines.

Pero veo que también has conocido momentos amargos: los errores cometidos. No creas que haga de menos tus pensamientos. Mas ten en cuenta que, si bien lo miras, para la mayoría de los mortales la vida es fundamentalmente eso: equivocarse. Han sido sabios los que comprenden sus desviaciones y fraguan nuevos caminos. Porque no nos ha sido dado ningún camino.

Ve al pórtico de Octavia y escucharás a Minucio. Te dirá que solo el hombre libre puede de verdad equivocarse, y que con este privilegio es como aprende y forja su vida; que compenses la tristeza de las pérdidas con las ventajas obtenidas en otros casos; que la clave del disfrute del placer está en la moderación: puesto que placer y dolor son inevitables, debemos no entristecernos ni alegrarnos en exceso. También puedes comparar tu suerte con la que los dioses depararon a otros mortales. Piensa en Sísifo y te habrás consolado.

Pero, si no te consuela mucho el castigo de Sísifo, y si a veces las consejas de Minucio te parecen minucias, quisiera aportarte algo en mi carta. A mí siempre me parecieron supersticiones execrables los ritos que hemos visto llegar desde oriente; o esas ménades que corren desmadejadas porque se consideran poseídas por un dios. Sin embargo, debo decir que me ha llamado mucho la atención la forma en que los más simples entre los quirites encuentran su fuerza en una Mitra o Deméter extranjeras. He visto a los taberneros más humildes afrontar reveses de la Fortuna con una entereza propia solo del sabio Epicuro. Y esto sin haber estudiado palabra.

Para esas mentes sencillas el culto a sus dioses les hace sentirse inmersos en la vida divina. Sus ritos son formas de afianzar un entusiasmo al que confían todo. Si Isis fue despedazada y volvió a la vida,  es la unión con ella la clave de la ganancia.

Te dejo esta tarea: piensa un poco en ello. Mira la naturaleza: cómo la crisálida acoge las suciedades del gusano; si el gusano no se dejara digerir, nunca volvería en mariposa. Es imposible acallar las voces discordantes, incluso las propias. La buena madre, como en el Silmarilion, las acoge y convierte en sinfonía.

He aquí mi aforismo final. Alguien me dijo que la felicidad no está en un camino, sino en el modo en que se camina

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