viernes, 2 de noviembre de 2012

El reino que estaba para mí


Estoy leyendo un discurso de la profesora Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier con el siguiente título: "El reino que estaba para mí. Cádiz en la poesía hispánica del siglo XX (y XXI)". El trabajo es excelente por la cantidad de información tan oportunamente engastada, pero sobre todo por la consecución de un relato bien trabado en torno a la historia de la ciudad a través de los avatares del pasado siglo.

El discurso fue pronunciado por la autora el día 31 de octubre, en el acto de su ingreso en la Academia Hispanoamericana de Cádiz, donde ocupará el sillón de José María Pemán. Oír el discurso fue un auténtico disfrute para los asistentes. En pocas ocasiones se experimenta tan profusamente el rendimiento de la formación humanística: una oratoria viva. Una clave del éxito, como ha dicho el profesor Manuel Ramos, estuvo en trazar, a través de poetas y poesías, un auténtico relato.

"El reino que estaba para mí" es un verso de Rubén Darío, luego retomado por Álvaro Mutis, y que sirve de título al discurso. Pienso que da una cierta clave también no sólo sobre el texto completo, sino sobre su relación con la autora. El tema de la disertación ha sido elegido en homenaje a José María Pemán, y pensando en la celebración de 2012, pero no cabe duda que tiene una resonancia especial en esta profesora parisina de nacimiento, tantos años residente en la "Argónida".

Entre otras cosas destacadas, conforme nos acercamos al final del texto (los pasajes más cercanos a nuestros días), encontramos un poema de la propia autora del discurso, que quiere así sumarse al repertorio. Lejos de ser abusivo (y aunque ella se excuse modestamente), resulta una muestra de su conciencia de escritora y poeta, y de su papel personal en el tema elegido. Se trata de un largo poema en tres momentos, con el título de "Atlántica y celeste". En él la voz narradora nos muestra lo que podría haber sido un paseo de la autora (Cicerone) por la ciudad con una amiga visitante (Sara Pujol Russell). Estos son los versos finales:

Y te irás por el puente que cruza la bahía,
dejando atrás despacio, con el alba,
la ciudad en su esfera que empieza a ser azul.
Una naranja atlántica, decía Cicerone,
Atlántica y celeste. 
                             Es casi primavera.
Ya huele, con las algas, el azahar.
El istmo está tendido como un perro que duerme.

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