sábado, 18 de agosto de 2012

El regalo perdido


Querido Lucilio:

Crees que tu pérdida es irremediable. Desde luego que hay algo sin remedio en ella. Pero no quieras estar tan abatido. Todos tenemos objetos de significado especialísimo. Desde luego, si se pierden, parece como si hubiésemos perdido el sentimiento mismo que despertaban en nosotros.

No, no quieras desesperar. Me dices que lo más doloroso no es la pérdida en sí del regalo, sino el modo en que lo perdiste: que fuiste inconsiderado, tu propia precipitación, un algo como de ceguera.

Siempre es así, mi Lucilio. Lo más doloroso es la propia culpa, no la pérdida, no el fracaso, no la enfermedad. No duelen las desgracias que los dioses nos envían sin remedio. Duelen las que nos hemos infligido por nuestra ceguera; por nuestra precipitación o nuestra demora; por nuestra falta de atención a lo que pide la vida de un hombre. Y cuando con lucidez lo comprendemos nos inunda la desesperación.

Sin embargo, Lucilio, si bien lo piensas, debe de haber un lugar para la esperanza. No habría dioses si así no fuera; no podrían vivir los hombres más allá de sus gestos fallidos; no habría la felicidad que buscan todos.

Intenta comparar lo que has perdido con otras desgracias de los hombres, con las tuyas propias. Intenta compensar la ausencia de ese objeto. Era un regalo de tu madre, bien lo sé. Pero su recuerdo está siempre dentro de ti.

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