domingo, 21 de junio de 2009

Visita al Padre General

He de reconocer que me estremecí al entrar en la casa. Lo más profundo, quizás lo más religioso de mi alma, se sintió alterado. He tenido esa sensación otras veces. No muchas. Visité en mi vida tantos palacios. Me asombran en exceso los galerias grandes y umbrosas. Y el silencio.

No tuve que esperar mucho. El ostiario me dijo que el General estaba trabajando en su habitación y había dado la indicación de introducirme en cuanto llegara. Atravesé el patio. El ostiario iba en silencio. Los cristales estaban extremadamente limpios. Era exagerado sacar tanto lustre a cosas materiales, cuando lo que importa es el alma.

Subimos las escaleras. La habitación del General estaba en la planta de arriba y daba a la calle de atrás. Mi acompañante llamó. Se oyó sólo un “sí”. Pero un “sí” decidido, como si conociese exactamente lo que yo traía (cosa que debía ser imposible), y lo tuviera ya bien cocido en su interior. Entré y la puerta se cerró tras de mí.

—Bienvenido sea el enviado de la Embajada Hispana a esta humilde casa— fue lo primero que dijo, levantando su vista de la mesa.

—Me alegro, Padre —así se me fue el saludo—, de que esta humilde misión me permita estar en su presencia.

Vestía un traje talar negro, cuidado, un poco desabrochado a la altura del cuello. Hacía calor en la estancia. Un pequeño rocío de sudor aparecía por las entradas de su frente. La ventana estaba abierta. Allí, debajo de aquel hábito, estaba el Duque de Gandía, invitándome a que me sentara ante él. No tenía un escritorio, sino una amplia mesa, robusta, de madera desnuda. Me fui fijando en lo que tenía encima. En un extremo, dejado abierto, había un ejemplar de la Biblia. Otros libros cerrados en el otro extremo, junto al crucifijo. Delante de él, una serie de papeles que parecía haber ido anotando al margen.

—No sé como dirigirme a Vuestra Merced, Padre General.

—Puede llamarme Padre General, que es lo que soy. ¿Qué me trae de la Embajada?

—De nuestra Embajada, Padre General. La Embajada Hispana es su casa, como la mía.

—Todas las embajadas son iguales, mi querido Verzosa, y Vuestra Merced lo sabe, lo mismo que la mía.

Estuve a punto de reír, pero me contuve.

—Nos ha llegado, Padre General, una requisitoria de la Corte, preguntando sobre algunos puntos de sus obras y de su doctrina.

—Déjela sobre la mesa, Verzosa. Su culta persona es muy conocida en este ombligo del mundo.

—Me gustaría serlo en lo que debo serlo.

—¿Y en qué debe serlo?

—Vuestra Merced conoce mi profesión. Voy recogiendo en el Archivo de nuestra Embajada todos aquellos documentos referentes al Rey nuestro Señor, y a sus derechos, emanados de esta Santa Sede.

—Se dice que está escribiendo unos Anales de nuestros tiempos.

—De todos es conocida mi afición a escribir, y escribo de todo un poco.

—¿Cree Vuestra Merced que mis obras contienen herejías?

—Sobre eso, Padre General, no puedo opinar. Mi profesión no es la Teología.

—En realidad la mía tampoco, Verzosa—. Se reclinó en el respaldar y dejó caer las manos sobre los muslos. —Me basta ser docto en esa ciencia―.

―Deje de una vez sobre la mesa la requisitoria, Verzosa―continuó―. ¿Vuestra Merced está soltero, no es así?

Me indignó un poco la confianza que mostraba.

―Padre General, no sé qué tiene que ver con el objeto de mi visita el que yo esté soltero.

―Nada― dijo con calma.

Recordé su famosa boda en la corte imperial y la muerte de su esposa. Me sentí francamente incómodo. Sin embargo, mi fastidio llegó a su cumbre cuando añadió:

―Dicen en Roma que con quien verdaderamente está el corazón del señor Verzosa es con una mujer llamada Ersilia. ¿Un amor platonico modo?

Me serené y me tomé unos segundos para responder, esto es, para atacar:

―En Roma dicen que Vuestra Merced busca unos papeles que pueden ser comprometedores. ¿De qué tipo de papeles puede tratarse?

―Eso es falso, Verzosa. Perdóneme por la pregunta personal que le he hecho. Puede decir en la Embajada que me quedé con la requisitoria para responder a ella en no mucho tiempo.

―Bien, perdone también mi pregunta. De todas formas, no deje de tener en cuenta que de todo papel que se mueve en Roma suelo tener copia ―arriesgué sin retenerme―.

Los dos comprendimos que conocíamos bien la corte: y esa comprensión fue como un olor que surgió entre los dos, en parte de respeto, en parte de camaradería, pero no menos de miedo.

Crucé de nuevo el patio con despecho, y me cubrí en cuanto salí con un tanto de ira. Apretaba el calor. Comencé a sudar. Era mi trabajo. No iba a quejarme.

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